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lunes, 31 de diciembre de 2012

EL RESULTADO DE LA ENCUESTA: ¿CUÁL ES TU POEMA PREFERIDO DE CAMPOS DE CASTILLA?



 
En el centenario de la publicación de Campos de Castilla se ha hecho una encuesta cuyo plazo terminaba hoy.

La pregunta era cuál es vuestro poema preferido de esta otra entre los que se ofrecían.

Recuerdo que eran:






Retrato
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, 
y un huerto claro donde madura el limonero; 
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; 
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. 

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido 
ya conocéis mi torpe aliño indumentario, 
más recibí la flecha que me asignó Cupido, 
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario. 


Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, 
pero mi verso brota de manantial sereno; 
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, 
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. 

Adoro la hermosura, y en la moderna estética 
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; 
mas no amo los afeites de la actual cosmética, 
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar. 

Desdeño las romanzas de los tenores huecos 
y el coro de los grillos que cantan a la luna. 
A distinguir me paro las voces de los ecos, 
y escucho solamente, entre las voces, una. 

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera 
mi verso, como deja el capitán su espada: 
famosa por la mano viril que la blandiera, 
no por el docto oficio del forjador preciada. 


Converso con el hombre que siempre va conmigo 
?quien habla solo espera hablar a Dios un día?; 
mi soliloquio es plática con ese buen amigo 
que me enseñó el secreto de la filantropía. 


Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. 
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago 
el traje que me cubre y la mansión que habito, 
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago. 


Y cuando llegue el día del último vïaje, 
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, 
me encontraréis a bordo ligero de equipaje, 
casi desnudo, como los hijos de la mar.



A las orillas del Duero
Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día. 
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía, 
buscando los recodos de sombra, lentamente. 
A trechos me paraba para enjugar mi frente 
y dar algún respiro al pecho jadeante; 
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante 
y hacia la mano diestra vencido y apoyado 
en un bastón, a guisa de pastoril cayado, 
trepaba por los cerros que habitan las rapaces 
aves de altura, hollando las hierbas montaraces 
de fuerte olor ?romero, tomillo, salvia, espliego?. 
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego. 
Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo 
cruzaba solitario el puro azul del cielo. 
Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo, 
y una redonda loma cual recamado escudo, 
y cárdenos alcores sobre la parda tierra 
?harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra?, 
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero 
para formar la corva ballesta de un arquero 
en torno a Soria. ?Soria es una barbacana, 
hacia Aragón, que tiene la torre castellana?. 
Veía el horizonte cerrado por colinas 
oscuras, coronadas de robles y de encinas; 
desnudos peñascales, algún humilde prado 
donde el merino pace y el toro, arrodillado 
sobre la hierba, rumia; las márgenes de río 
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío, 
y, silenciosamente, lejanos pasajeros, 
¡tan diminutos! ?carros, jinetes y arrieros?, 
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas 
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas 
del Duero. 
El Duero cruza el corazón de roble 
de Iberia y de Castilla. 
¡Oh, tierra triste y noble, 
la de los altos llanos y yermos y roquedas, 
de campos sin arados, regatos ni arboledas; 
decrépitas ciudades, caminos sin mesones, 
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones 
que aún van, abandonando el mortecino hogar, 
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar! 
Castilla miserable, ayer dominadora, 
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora. 
¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada 
recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada? 
Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira; 
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira. 
¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerta 
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra. 
La madre en otro tiempo fecunda en capitanes, 
madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes. 
Castilla no es aquella tan generosa un día, 
cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía, 
ufano de su nueva fortuna, y su opulencia, 
a regalar a Alfonso los huertos de Valencia; 
o que, tras la aventura que acreditó sus bríos, 
pedía la conquista de los inmensos ríos 
indianos a la corte, la madre de soldados, 
guerreros y adalides que han de tornar, cargados 
de plata y oro, a España, en regios galeones, 
para la presa cuervos, para la lid leones. 
Filósofos nutridos de sopa de convento 
contemplan impasibles el amplio firmamento; 
y si les llega en sueños, como un rumor distante, 
clamor de mercaderes de muelles de Levante, 
no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa? 
Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa. 
Castilla miserable, ayer dominadora, 
envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora. 
El sol va declinando. De la ciudad lejana 
me llega un armonioso tañido de campana 
ya irán a su rosario las enlutadas viejas. 
De entre las peñas salen dos lindas comadrejas; 
me miran y se alejan, huyendo, y aparecen 
de nuevo, ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen. 
Hacia el camino blanco está el mesón abierto 
al campo ensombrecido y al pedregal desierto.



Por tierras de España
El hombre de estos campos que incendia los pinares 
y su despojo aguarda como botín de guerra, 
antaño hubo raído los negros encinares, 
talado los robustos robledos de la sierra. 
Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; 
la tempestad llevarse los limos de la tierra 
por los sagrados ríos hacia los anchos mares; 
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra. 
Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, 
pastores que conducen sus hordas de merinos 
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes 
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos. 
Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto, 
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas 
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto 
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas. 
Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, 
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales, 
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea, 
esclava de los siete pecados capitales. 
Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza, 
guarda su presa y llora la que el vecino alcanza; 
ni para su infortunio ni goza su riqueza; 
le hieren y acongojan fortuna y malandanza. 
El numen de estos campos es sanguinario y fiero: 
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor, 
veréis agigantarse la forma de un arquero, 
la forma de un inmenso centauro flechador. 
Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta 
no fue por estos campos el bíblico jardín: 
son tierras para el águila, un trozo de planeta 
por donde cruza errante la sombra de Caín.



Campos de Soria

I 

Es la tierra de Soria árida y fría. 
Por las colinas y las sierras calvas, 
verdes pradillos, cerros cenicientos, 
la primavera pasa 
dejando entre las hierbas olorosas 
sus diminutas margaritas blancas. 

La tierra no revive, el campo sueña. 
Al empezar abril está nevada 
la espalda del Moncayo; 
el caminante lleva en su bufanda 
envueltos cuello y boca, y los pastores 
pasan cubiertos con sus luengas capas. 

II 

Las tierras labrantías, 
como retazos de estameñas pardas, 
el huertecillo, el abejar, los trozos 
de verde obscuro en que el merino pasta, 
entre plomizos peñascales, siembran 
el sueño alegre de infantil Arcadia. 

En los chopos lejanos del camino, 
parecen humear las yertas ramas 
como un glauco vapor ?las nuevas hojas? 
y en las quiebras de valles y barrancas 
blanquean los zarzales florecidos, 
y brotan las violetas perfumadas. 

III 

Es el campo undulado, y los caminos 
ya ocultan los viajeros que cabalgan 
en pardos borriquillos, 
ya al fondo de la tarde arrebolada 
elevan las plebeyas figurillas, 
que el lienzo de oro del ocaso manchan. 

Mas si trepáis a un cerro y veis el campo 
desde los picos donde habita el águila, 
son tornasoles de carmín y acero, 
llanos plomizos, lomas plateadas, 
circuidos por montes de violeta, 
con las cumbres de nieve sonrosado. 

IV 

¡Las figuras del campo sobre el cielo! 

Dos lentos bueyes aran 
en un alcor, cuando el otoño empieza, 
y entre las negras testas doblegadas 
bajo el pesado yugo, 
pende un cesto de juncos y retama, 
que es la cuna de un niño; 

y tras la yunta marcha 
un hombre que se inclina hacia la tierra, 
y una mujer que en las abiertas zanjas 
arroja la semilla. 

Bajo una nube de carmín y llama, 
en el oro fluido y verdinoso 
del poniente, las sombras se agigantan. 

V 

La nieve. En el mesón al campo abierto 
se ve el hogar donde la leña humea 
y la olla al hervir borbollonea. 

El cierzo corre por el campo yerto, 
alborotando en blancos torbellinos 
la nieve silenciosa. 

La nieve sobre el campo y los caminos, 
cayendo está como sobre una fosa. 

Un viejo acurrucado tiembla y tose 
cerca del fuego; su mechón de lana 
la vieja hila, y una niña cose 
verde ribete a su estameña grana. 

Padres los viejos son de un arriero 
que caminó sobre la blanca tierra, 
y una noche perdió ruta y sendero, 
y se enterró en las nieves de la sierra. 

En torno al fuego hay un lugar vacío 
y en la frente del viejo, de hosco ceño, 
como un tachón sombrío 
?tal el golpe de un hacha sobre un leño?. 

La vieja mira al campo, cual si oyera 
pasos sobre la nieve. Nadie pasa. 

Desierta la vecina carretera, 
desierto el campo en torno de la casa. 

La niña piensa que en los verdes prados 
ha de correr con otras doncellitas 
en los días azules y dorados, 
cuando crecen las blancas margaritas. 

VI 

¡Soria fría, Soria pura, 
cabeza de Extremadura, 
con su castillo guerrero 
arruinado, sobre el Duero; 
con sus murallas roídas 
y sus casas denegridas! 

¡Muerta ciudad de señores 
soldados o cazadores; 
de portales con escudos 
de cien linajes hidalgos, 
y de famélicos galgos, 
de galgos flacos y agudos, 
que pululan 
por las sórdidas callejas, 
y a la medianoche ululan, 
cuando graznan las cornejas! 

¡Soria fría! La campana 
de la Audiencia da la una. 
Soria, ciudad castellana 
¡tan bella! bajo la luna. 

VII 

¡Colinas plateadas, 
grises alcores, cárdenas roquedas 
por donde traza el Duero 
su curva de ballesta 
en torno a Soria, obscuros encinares, 
ariscos pedregales, calvas sierras, 
caminos blancos y álamos del río, 
tardes de Soria, mística y guerrera, 
hoy siento por vosotros, en el fondo 
del corazón, tristeza, 
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria 
donde parece que las rocas sueñan, 
conmigo vais! ¡Colinas plateadas, 
grises alcores, cárdenas roquedas!... 

VIII 

He vuelto a ver los álamos dorados, 
álamos del camino en la ribera 
del Duero, entre San Polo y San Saturio, 
tras las murallas viejas 
de Soria ?barbacana 
hacia Aragón, en castellana tierra?. 

Estos chopos del río, que acompañan 
con el sonido de sus hojas secas 
el son del agua, cuando el viento sopla, 
tienen en sus cortezas 
grabadas iniciales que son nombres 
de enamorados, cifras que son fechas. 

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis 
de ruiseñores vuestras ramas llenas; 
álamos que seréis mañana liras 
del viento perfumado en primavera; 
álamos del amor cerca del agua 
que corre y pasa y sueña, 
álamos de las márgenes del Duero, 
conmigo vais, mi corazón os lleva! 

IX 

¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria, 
tardes tranquilas, montes de violeta, 
alamedas del río, verde sueño 
del suelo gris y de la parda tierra, 
agria melancolía 
de la ciudad decrépita. 

Me habéis llegado al alma, 
¿o acaso estabais en el fondo de ella? 

¡Gentes del alto llano numantino 
que a Dios guardáis como cristianas viejas, 
que el sol de España os llene 
de alegría, de luz y de riqueza!



Orillas de Duero
¡Primavera soriana, primavera
humilde, como el sueño de un bendito,
de un pobre caminante que durmiera
de cansancio en páramo infinito
¡Campillo amarillento,
como tosco sayal de campesina,
pradera de velludo polvoriento
donde pace la escuálida merina!
¡Aquellos diminutos pegujales
de tierra dura y fría,
donde apuntan centenos y trigales
que el pan, moreno nos darán un día!
Y otra vez roca y roca, pedregales
desnudos y pelados serrijones,
la tierra de las águilas caudales,
ma1ezas y jarales,
hierbas monteses, zarzas y cambrones.
¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!
¡Castilla, tus decrépitas ciudades!
¡La agria melancolía
que puebla tus sombrías soledades!
¡Castilla varonil, adusta tierra,
Castilla del desdén contra la suerte,
Castilla del dolor y de la guerra,
tierra inmortal, Castilla de la muerte!
Era una tarde, cuando el campo huía
del sol, y en el asombro del planeta,
como un globo morado aparecía
la hermosa luna, amada del poeta.
En el cárdeno cielo violeta
alguna clara estrella fulguraba.
El aire ensombrecido
oreaba mis sienes, y acercaba
el murmullo del agua hasta mi oído.
Entre cerros de plomo y de ceniza
manchados de roídos encinares,
y entre calvas roquedas de caliza,
iba a embestir los ocho tajamares
del puente el padre río,
que surca de Castilla el yermo frío.
¡Oh Duero, tu agua corre
y correrá mientras las nieves blancas
de enero el sol de mayo
haga fluir por hoces y barrancas,
mientras tengan las sierras su turbante
de nieve y de tormenta,
y brille el olifante
del sol, tras de la nube cenicienta!…
¿Y el viejo romancero
fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?
¿Acaso como tú y por siempre, Duero,
irá corriendo hacia la mar Castilla?

Caminos
De la ciudad moruna 
tras las murallas viejas, 
yo contemplo la tarde silenciosa, 
a solas con mi sombra y con mi pena. 

El río va corriendo, 
entre sombrías huertas 
y grises olivares, 
por los alegres campos de Baeza 

Tienen las vides pámpanos dorados 
sobre las rojas cepas. 
Guadalquivir, como un alfanje roto 
y disperso, reluce y espejea. 

Lejos, los montes duermen 
envueltos en la niebla, 
niebla de otoño, maternal; descansan 
las rudas moles de su ser de piedra 
en esta tibia tarde de noviembre, 
tarde piadosa, cárdena y violeta. 

El viento ha sacudido 
los mustios olmos de la carretera, 
levantando en rosados torbellinos 
el polvo de la tierra. 
La luna está subiendo 
amoratada, jadeante y llena. 

Los caminitos blancos 
se cruzan y se alejan, 
buscando los dispersos caseríos 
del valle y de la sierra. 
Caminos de los campos... 
¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!


Del pasado efímero
Este hombre del casino provinciano 
que vio a Carancha recibir un día, 
tiene mustia la tez, el pelo cano, 
ojos velados por melancolía; 
bajo el bigote gris, labios de hastío, 
y una triste expresión, que no es tristeza, 
sino algo más y menos: el vacío 
del mundo en la oquedad de su cabeza.
Aún luce de corinto terciopelo 
chaqueta y pantalón abotinado, 
y un cordobés color de caramelo, 
pulido y torneado. 
Tres veces heredó; tres ha perdido 
al monte su caudal; dos ha enviudado.
Sólo se anima ante el azar prohibido, 
sobre el verde tapete reclinado, 
o al evocar la tarde de un torero, 
la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta 
la hazaña de un gallardo bandolero, 
o la proeza de un matón, sangrienta.
Bosteza de política banales 
dicterios al gobierno reaccionario, 
y augura que vendrán los liberales, 
cual torna la cigüeña al campanario.
Un poco labrador, del cielo aguarda 
y al cielo teme; alguna vez suspira, 
pensando en su olivar, y al cielo mira 
con ojo inquieto, si la lluvia tarda.
Lo demás, taciturno, hipocondriaco, 
prisionero en la Arcadia del presente, 
le aburre; sólo el humo del tabaco 
simula algunas sombras en su frente.
Este hombre no es de ayer ni es de mañana, 
sino de nunca; de la cepa hispana 
no es el fruto maduro ni podrido, 
es una fruta vana 
de aquella España que pasó y no ha sido, 
esa que hoy tiene la cabeza cana.

España joven
... Fue un tiempo de mentira, de infamia. A España toda,
la malherida España, de Carnaval vestida
nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda,
para que no acertara la mano con la herida.

Fue ayer; éramos casi adolescentes; era
con tiempo malo, encinta de lúgubres presagios,
cuando montar quisimos en pelo una quimera,
mientras la mar dormía ahíta de naufragios.

Dejamos en el puerto la sórdida galera,
y en una nave de oro nos plugo navegar
hacia los altos mares, sin aguardar ribera,
lanzando velas y anclas y gobernalle al mar.

Ya entonces, por el fondo de nuestro sueño —herencia
de un siglo que vencido sin gloria se alejaba—
un alba entrar quería; con nuestra turbulencia
la luz de las divinas ideas batallaba.

Mas cada cual el rumbo siguió de su locura;
agilitó su brazo, acreditó su brío;
dejó como un espejo bruñida su armadura
y dijo: “El hoy es malo, pero el mañana... es mío”.

Y es hoy aquel mañana de ayer... Y España toda,
con sucios oropeles de Carnaval vestida
aún la tenemos: pobre y escuálida y beoda;
mas hoy de un vino malo: la sangre de su herida.

Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre
la voluntad te llega, irás a tu aventura
despierta y transparente a la divina lumbre:
como el diamante clara, como el diamante pura.

A un olmo seco
Al olmo viejo, hendido por el rayo 
y en su mitad podrido, 
con las lluvias de abril y el sol de mayo 
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina 
que lame el Duero! Un musgo amarillento 
le mancha la corteza blanquecina 
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores 
que guardan el camino y la ribera, 
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera 
va trepando por él, y en sus entrañas 
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero, 
con su hacha el leñador, y el carpintero 
te convierta en melena de campana, 
lanza de carro o yugo de carreta; 
antes que rojo en el hogar, mañana, 
ardas en alguna mísera caseta, 
al borde de un camino; 
antes que te descuaje un torbellino 
y tronche el soplo de las sierras blancas; 
antes que el río hasta la mar te empuje 
por valles y barrancas,  
olmo, quiero anotar en mi cartera 
la gracia de tu rama verdecida. 
Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera.

Dios íbero.
Igual que el ballestero 
tahúr de la cantiga, 
tuviera una saeta el hombre ibero 
para el Señor que apedreó la espiga 
y malogró los frutos otoñales, 
y un "gloria a ti" para el Señor que grana 
centenos y trigales 
que el pan bendito le darán mañana.
«Señor de la ruïna, 
adoro porque aguardo y porque temo: 
con mi oración se inclina 
hacia la tierra un corazón blasfemo.
»¡Señor, por quien arranco el pan con pena, 
sé tu poder, conozco mi cadena!
»¡Oh dueño de la nube del estío 
que la campiña arrasa, 
del seco otoño, del helar tardío, 
y del bochorno que la mies abrasa!
»¡Señor del iris, sobre el campo verde 
donde la oveja pace, 
Señor del fruto que el gusano muerde 
y de la choza que el turbión deshace,
»tu soplo el fuego del hogar aviva, 
tu lumbre da sazón al rubio grano, 
y cuaja el hueso de la verde oliva, 
la noche de San Juan, tu santa mano!
»¡Oh dueño de fortuna y de pobreza, 
ventura y malandanza, 
que al rico das favores y pereza 
y al pobre su fatiga y su esperanza!
»¡Señor, Señor: en la voltaria rueda 
del año he visto mi simiente echada, 
corriendo igual albur que la moneda 
del jugador en el azar sembrada!
»¡Señor, hoy paternal, ayer cruento, 
con doble faz de amor y de venganza, 
a ti, en un dado de tahúr al viento 
va mi oración, blasfemia y alabanza!»
Este que insulta a Dios en los altares, 
no más atento al ceño del destino, 
también soñó caminos en los mares 
y dijo: es Dios sobre la mar camino.
¿No es él quien puso a Dios sobre la guerra 
más allá de la suerte, 
más allá de la tierra, 
más allá de la mar y de la muerte?
¿No dio la encina ibera 
para el fuego de Dios la buena rama, 
que fue en la santa hoguera 
de amor una con Dios en pura llama?
Mas hoy... ¡Qué importa un día! 
Para los nuevos lares 
estepas hay en la floresta umbría, 
leña verde en los viejos encinares.
Aún larga patria espera 
abrir al corvo arado sus besanas; 
para el grano de Dios hay sementera 
bajo cardos y abrojos y bardanas.
¡Qué importa un día!  Está el ayer alerto 
al mañana, mañana al infinito, 
hombres de España, ni el pasado ha muerto, 
no está el mañana —ni el ayer— escrito.
¿Quién ha visto la faz al Dios hispano?
Mi corazón aguarda 
al hombre íbero de la recia mano, 
que tallará en el roble castellano 
el Dios adusto de la tierra parda.

Ha resultado vencedor “A un olmo seco”. ¿CUÁL ES TU PREFERIDO?


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jueves, 19 de abril de 2012

Cita del día: ANTONIO MACHADO

E
spañolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón.



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lunes, 26 de marzo de 2012

RETAZOS DE LA VIDA DE MACHADO. PARTE IV.




Leer antes: PARTE IPARTE II y PARTE III.


Habíamos dejado la anterior entrada con la muerte de Giner de los Ríos. Por aquellas fechas se publica Niebla, de Unamuno, quien manda una copia a Machado. Éste indica los siguiente: portentosa me parece de honda realidad su nivela y de humanismo, aunque desoladora. También comenta un ensayo del filósofo, La voluntada nacional afirmando que es cierto que no se  ve inquietud por ninguna parte.

A pesar de estar desesperado por marcharse de Baeza, el consuelo está en el paisaje. Preparan una excursión en primavera del 15 que dará origen al poema “los olivos”.

Vuelve a Madrid durante el verano, donde firma –junto Azaña, Azorín, Falla, Galdós, Maeztu, Menéndez Pidal, Ortega, Rusiñol, Unamuno y Valle, entre otros- un manifiesto a favor de los aliados.

Comprobando que necesita un título para mejorar su situación laboral, se matricula en la Facultad de Filosofía y Letras, interesándose profundamente por mejorar el inglés y el latín, pues desea leer a Shakespeare y a Virgilio en su propia lengua. Aunque ha tardado en dar el paso (quince años), pondrá toda su voluntad, llegando a doctorarse. Su interés filosófico será uno de los puntos de partida para tomar esta decisión, además de ir calando los versos de Machado.

Además de su tarea universitaria, se mete en otro proyecto: la preparación de un compendio de su obra poética, que no saldrá a la luz hasta 1917.

Una terrible noticia paraliza el mundo literario: tras una campaña contra la guerra, en febrero del 16, muere (con cuarenta y nueve años) Rubén Darío. En un mundo sumido en el caos y la muerte del nicaragüense parece que el Modernismo ya no tenía espacio: una guerra en la que España no participa, pero que hace patente su división entre los aliadófilos y la derecha germanófila, que se considera verdadera alma de la Nación, aunque el poeta tiene el parecer contrario.

Al final de curso, el influido por la Institución Libre de Enseñanza Berruela hace una excursión con sus alumnos a Baeza, donde Machado lee sus poemas y algunos versos de Rubén Darío. Entre esos jóvenes oyentes se halla un jovencísimo Federico García Lorca, quien deleita con su talento con el piano. Pronto comienza a escribir poesía, donde se siente el influjo tanto de Darío como de Machado.

En septiembre, sus primeros exámenes aniversarios reciben sobresaliente. Además tiene dos importantes publicaciones programadas: una, con la editorial Calleja (dirigida por Juan Ramón Jiménez); otra, con la Residencia de Estudiantes.

Por la época, los hermanos firman el manifiesto de la Liga Antigermanófila, que explica que lucha contra estos enemigos de España que pretenden confundir al pueblo y aprovechar para eliminar sus libertades. ¡Qué miedo que esto esté tan de actualidad!

En abril del 17, Berruela y sus alumnos vuelven a Baeza, donde Lorca –ahora también poeta- actúa junto a Machado en un concierto en el Casino. De hecho, inspirará a Lorca en su primer libro, Impresiones y paisajes (1918).

El encuentro de lugar a un artículo de Machado en El País, pero produjo un efecto negativo en torno a berruela.

A esto se suma que el poeta cada vez se siente más hastiado de la vida de provincia, pero sabe que la única manera de salir de allí es terminar la licenciatura y volver a opositar. Entre tanto, Azorín, entonces subsecretario en un Ministerio, intente emplear la influencia para que el talento de Machado pueda volver a Madrid, pero la España de la corrupción no acepta en este caso.

A finales de año, nuestro poeta asuste a una conferencia (La España social en la hora presente) de  Unamuno. Tras ella escribe una extensa carta al filósofo para comentar tanto la conferencia como Abel Sánchez, obra que gira en torno a la envidia como uno de los males de este país (sigo viendo muchas equivalencias con la actualidad y eso es triste porque quiere decir que somos tan gañanes que no aprendemos nada).

Los hermanos comienzan a componer una obra teatral en torno a Julián Valcárcel, pero no llegará a estrenarse hasta 1926.

En junio se examina por última vez y consigue licenciarse con cuarenta y tres años. Ni corto ni perezoso, pide plaza como profesor de Lengua en el Instituto – Escuela, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza.

Su despego por Baeza va creciendo, pidiendo numerosas solicitudes para opositar en diferentes lugares de España. Ninguna da sus frutos, de modo que decide declararse por Filosofía, siendo examinado por Ortega y Gasset. Y, por fin, consigue huir del hastío de Baeza para marchar a Segovia, muy cercana a la capital.

Y aquí lo dejamos por hoy, querido lector.


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lunes, 12 de marzo de 2012

RETAZOS DE LA VIDA DE ANTONIO MACHADO. PARTE III.



Leer antes: PARTE I y PARTE II.

 Poco después de la muerte de Leonor, Machado comienza Los complementarios, un diario poético que, entre otras cosas, presenta la crítica a la sociedad del momento a la que insta a luchar para mejorar y progresar. De hecho parece que es eso lo que lo salva de pegarse un tiro a la muerte de su amada esposa.

El éxito de Campos de Castilla le hizo ver que si había en mí una fuerza útil no tenía derecho a aniquilarla.

En 1913, escribe un pequeño texto autobiográfico que necesita Azorín para hacer una antología que al final no llega a ver la luz. En él puede comprobarse el paradójico sentimiento del poeta hacia España, a la que ama y odia a un tiempo. Lo que ocurre es que como profesa cariño a su nación, le indigna su comportamiento y su actitud abúlica.

En ese momento, Machado asiste asiduamente a una tertulia organizada por el profesor de gimnasia de su centro. Allí se encuentra con un militar que había evolucionado ideológicamente del liberalismo a lo conservador: Cristóbal Torres, quien tenía la virtud de sacar de sus casillas al poeta, siempre callado, como indica Francisco Escolano (el profesor de gimnasia).


A este personaje, con el que comenzará a compartir sus paseos, dedica Machado Olivo del camino.

También describe la tertulia en unos versos: Poema  de un día. Meditaciones rurales. Como afirma Ian Gibson, el texto, con un tinte satírico, nos adentra en el aburrimiento y la banalidad de una conversación provinciana.

En octubre del mismo año, Ortega y Gasset funda la Liga de Educación Política Española, a la que se unen grandes intelectuales con el fin de estudiar las causas del mal de España y proponer soluciones. Nuestro poeta también se incorpora a tal digna tarea en un momento que se siente tan solo y apartado del mundo que lo imposibilita a ir al homenaje  a Azorín, pero envía unos versos (Malogrado de mi parte jacobina) a Juan Ramón Jiménez que los lee en el acto.

Atento a la sociedad, pero también a la poesía del momento, descubre los versos de Moreno Villa. Lo único que no acepta es la tendencia conceptista, estilo que alcanzará también a Juan Ramón Jiménez. Acostumbrado a la aparente sencillez y al estilo directo de sus propios versos, es lógico que no le agrade la retórica barroca. Con todo, la poesía de Moreno Villa suscitará el interés de Machado, dando como resultado un ensayo publicado en la Revista de Occidente.

La Liga de Educación Política Española lo hace reafirmarse en su opinión: España necesita evolucionar y cambiar su comportamiento, pero para ello ha de existir una lucha unida, un esfuerzo común con el fin de evitar el hundimiento. ¿No le resulta familiar, querido lector?

Además hay presente una gran tensión en Europa, que teme ya un enfrentamiento. Y así sucede en 1914: se inicia la I Guerra Mundial.

Pero un acontecimiento más indigna al poeta, junto a otros intelectuales: la destitución, sin justificación, de Unamuno como rector de la Universidad de Salamanca. El filósofo es muy temido por las autoridades del momento, puesto que es militante del P.S.O.E., proclama su favor a la libertad de cátedra y lucha contra la Iglesia. En resumen, que está a favor de los derechos de los trabajadores y apuesta por hacer libres a los individuos, evitando las fuerzas adoctrinadoras como la Iglesia (la institución, no la religión).

Mas la actitud neutral de España corroe a los hermanos Machado por su significado. Así, Manuel considera que consiste en no saber nada, en no querer nada, en no entender nada (de modo que la generación NINI es, en realidad, un largo mal español). Antonio ve que es verdaderamente repugnante nuestra actitud ante el conflicto actual, y épica nuestra inconsciencia, nuestra mezquindad, nuestra cominería. Hemos tomado en espectáculo la guerra, como si fuera una corrida de toros, y en los tendidos se discute y se grita. Se nos arrojará un día a puntapiés de la plaza si Dios no lo remedia.

Ante esta descripción que los Machados, indignados, hacen de la actitud bárbara y estúpida de España, hay un grupo de intelectuales que pretende despertar las conciencias. Así, Ortega, de nuevo, crea, en enero de 1915, una revista: España. Semanario de la Vida Nacional. En el primer número aparecen las siguientes palabras: nacido del enojo y la esperanza, pareja española, sale al mundo este semanario ESPAÑA. Procuran representar a toda una España Nueva que siente encano contra otra España fermentada, podrida. Todo esto me recuerda mucho a la actualidad: una decadencia que augura un desastre cuyas consecuencias van desarrollándose a lo largo de los años (que en España parecemos niños pequeños cuando creemos que los problemas proceden del aquí y el ahora) y el enfrentamiento de las dos Españas: la fermentada, podrida y la Nueva, la de los intelectuales –en ese momento, los del 98 y los del 14- que han de guiar a la masa (como advertía Ortega).

Y nuestro poeta sigue hastiado de la vida provinciana, tentado de dejarlo todo y dedicarse solo a escribir, pero recuerda lo que conlleva eso: la miseria. Tiene un libro que no sabe dónde publicarlo porque parece que la guerra ha venido a paralizarlo todo, como no sea la estupidez y la barbarie, que siguen avanzando. Si cambiamos la palabra guerra por crisis, algunos de mis compañeros escritores verán descrita la realidad actual.

Todo esto está sucediendo cuando le llega la noticia de la muerte de su maestro, Giner de los Ríos.

Con la tristeza y la admiración palpables en los siguientes versos os convido el próximo lunes con más Retazos de la vida de Antonio Machado.


A Don Francisco Giner de los Ríos

Cuando se fue el maestro
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió? Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue
los muertos mueren y las sombras pasan
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques sonad; enmudeced campanas!

Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
del sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.
Llevad amigos
su cuerpo a la montaña
a los azules montes
del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas.
Allí el maestro un día
soñaba un nuevo florecer de España.
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lunes, 5 de marzo de 2012

RETAZOS DE LA VIDA DE ANTONIO MACHADO: II PARTE.

 Leer antes parte I.

Habíamos dejado  a Antonio Machado con la publicación de su primer libro de poemas: Soledades.

En Granada, nuestro poeta se reencuentra con Valle, que está en la ciudad para asistir al estreno de una adaptación que ha hecho de Andrea del Sarto. La obra resulta un éxito que le procura el aplauso repetido del público.

Mientras, aunque la publicación de Antonio Machado no parece haber tenido éxito entre el gran público, en el grupo produce gran admiración. Así, Juan Ramón Jiménez dice en  su reseña en El País: Creo que no se ha escrito en mucho tiempo una poesía tan dulce y bella como la de estas cortas com­posiciones, misteriosa y hondamente dichas con el alma.

El joven Antonio Machado manda una copia del libro a Unamuno. Tras el intercambio de unas cartas, el filósofo, poeta novelista y dramaturgo noventayochista responde a Antonio mediante Helios, revista de Juan Ramón Jiménez. El joven poeta, halagado, contesta en El País. Comienza, así, la fuerte relación con el maestro.

En la revista antes mencionada también publica nuevos poemas de Machado.

En 1904, muere la abuela de Antonio y Manuel Machado, empeorando la situación económica de la familia. De modo que Antonio piensa en prepararse para unas oposiciones al Banco de España, pero no llega a hacerlo.

En ese mismo año desaparece Helios, pero surgen otras donde nuestro poeta seguirá publicando sus versos. Los unirá todos en Soledades. Galerías. Otros poemas, libro publicado en 1907. En esta obra se sigue viendo la introspección y el simbolismo, pero la influencia de Unamuno parece comenzar a hacer mella y empieza a crear una poesía en la que incluye a la sociedad. Se está gestando Campos de Castilla.

Giner de los Ríos lo convence para que se presente a las oposiciones a cátedra docente. El poeta las saca y decide Soria como destino, donde impartirá francés. Allí descubre un lugar devastado por la emigración. Van surgiendo los primeros versos que formarán el conjunto de Campos de Castilla.

A principios de 1908 el diario El Liberal presenta la iniciativa <<Poetas del día>> apostando por la poesía contemporánea española. Entre los autores, encontramos a  Antonio Machado cuya fotografía acompaña <<Retrato>>.

En Soria, va colaborando con el periódico local Tierra Soriana sobre todo. A pesar de todo no está hecho  a la vida provinciana y añora Madrid. Cuando se entera de que hay una cátedra vacante en la capital, pide participar en las oposiciones. Sin embargo, parece que al final no oposita. ¿Se habría cruzado ya por su camino Leonor Izquierdo?

La muchacha cuenta con casi quince años (lo legal para casarse en la época), coincidiendo con la edad con la que la hermana del poeta había muerto. La timidez de Antonio Machado lo lleva a emplear unos versos amorosos para que ella los encuentre.

La boda se celebra el 30 de julio de 1909, siendo acompañada por acciones desagradables de hipócritas de férrea moral: ¡un hombre de treinta y cuatro años y una niña de 15! Las hostilidades persiguen a la pareja durante el año siguiente, por lo que Antonio pretende marchar de allí. Así que pide una beca de estudios en París, donde viaja para estudiar Filología francesa. En la capital francesa se reencuentra con Rubén Darío, que es director de Mundial Magazine y elegancias, revista donde aparecen publicaciones de Amado Nervo, Lugones, Valle, Manuel Machado e, incluso, Galdós (este hombre estaba en todo, un genio). Allí aparecen algunos de los poemas que Antonio Machado reunirá en Campos de Castilla. Pero el poeta no se siente totalmente cómodo con ese París de  vanguardias.

Leonor enferma (hemoplisis) en el momento en el que París celebra la fiesta nacional, de ahí que Antonio no halle médico. La muchacha tiene tuberculosis, mal usual en Soria.  Machado sintió la enfermedad como un rayo en plena felicidad. Los médicos aconsejan a la pareja que vuelvan al cálido clima soriano, pero el poeta no tiene dinero para el viaje. Es Rubén Darío quien les da, con premura,  ese dinero. Llegan a Soria a principios de septiembre de 1911. La salud de su esposa empeorará con el frío invierno soriano.

En este ciclo de tristeza asoma un rayo de luz: su hermano Manuel triunfa con Cantar hondo.  Los dos poetas comienzan a colaborar estrechamente con un nuevo periódico madrileño: La Tribuna.

En abril de 1912 aparece Campos de Castilla, con el que consigue éxito de ventas y recibe el halago de Unamuno, que afirma de Machado haber conseguido introducirse en las reconditeces del alma humana.

La obra da pie a Azorín para escribir en Abc sobre el paisaje en la poesía española. En los Lunes de El Imperial, Ortega observa que Antonio Machado aúna lo aprendido de Rubén Darío con su propio yo y afirma: Yo encuentro en Machado  un comienzo de esta novísima poesía, cuyo más fuerte representante sería Unamuno si no despreciara los sentidos tanto...

Con todo, el poeta no puede empaparse por la alegría de tal buena recepción de su obra, pues Leonor, con dieciocho años, muere. Abatido, Antonio Machado marcha a Baeza. Pero no se espera lo que va encontrarse:

Esta tierra es casi analfabeta. Soria es Atenas compa­rada con esta ciudad donde ni aun periódicos se leen. Aparte de esto, que es suficiente y aun sobrado, la gente es buena, hospitalaria y amable. Las únicas preocupaciones son aquí la política y el juego; inquietudes espirituales, no existen; afán de cultura, tampoco. Esa pequeña Soria tiene, a mi juicio, una inmensa superioridad espiritual sobre esta ciudad, no obstante existir aquí elementos de riqueza que ahí se desconocen. No hay un solo periódico local, ni una biblioteca, ni una librería, ni aun siquiera un puesto de pe­riódicos donde comprar los diarios de Madrid.

Le emplazo, lector, al próximo lunes para continuar este retazo de la vida de Antonio Machado.
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