Este año se conmemora tanto el
nacimiento (1922) como la muerte (2002) de uno de nuestros grandes poetas del
siglo XX: José Hierro.
Aunque nacido en Madrid, su
familia se trasladó pronto a Santander. Allí estudiaría en la Escuela Industrial.
Tras la guerra civil, en 1939, fue encarcelado, pasando cuatro años en prisión.
Esta experiencia lo influiría durante toda su vida así como en su poesía.
Posiblemente por ello tuviera cabida en sus versos la preocupación social,
además del intimismo.
Una vez salió en libertad, empezó
a participar en diferentes revistas literarias (Proe, Corcel, Garcilaso) y dos años más tarde (1947) recibió el
premio Adonais por Alegría. Así comenzó una vida profesional
laureada (Nacional de Literatura, Crítica, Príncipe de Asturias, Nacional de
las Letras, Reina Sofía, Cervantes) por unos versos de alta calidad en los que
se refleja el empleo de una lengua coloquial con un tratamiento poético y
cuidado.
En 1952 volvió a Madrid, donde
vivió hasta el momento de su muerte (2002).
Su evolución poética suele
dividirse en tres etapas: la existencialista (cercana al desarraigo tras la
guerra –Alegría, Con las piedras, con el
viento-), la social (durante los cincuenta, momento en que sus versos, como
los de Blas de Otero y Gabriel Celaya, se consideran como un instrumento social
de denuncia –Quinta del 42 y Cuanto
sé de mí-) y la intimista (se inicia en los sesenta con el tema central del
paso del tiempo –Libro de las
alucinaciones, Agenda y Cuaderno de
Nueva York-).
De modo que la poesía de José
Hierro es un testimonio tanto de su propio yo como el de una sociedad que vive
unas circunstancias determinadas.
Desaliento
«No quiero que pienses», dices
Tú sabes que sólo en ello
puedo pensar. Pasarán
los días, las noches. Tiempos
vendrán sin nosotros. Soles
brillarán en cielos nuevos.
Ecos de campana harán
más misterioso el silencio.
(«No quiero que pienses».)
Yo seguiré pensando en ello.
Quisiera hablarte de hermosas
fábulas, de pensamientos
luminosos, de jornadas
soñadas, de flores, vientos,
caricias, ternuras, gracias,
secretos;
pero en la boca me nacen
palabras de fuego.
Como llamas silenciosas
me abrasan por dentro.
Tú sabes que sólo en ello
puedo pensar. Pasarán
los días, las noches. Tiempos
vendrán sin nosotros. Soles
brillarán en cielos nuevos.
Ecos de campana harán
más misterioso el silencio.
(«No quiero que pienses».)
Yo seguiré pensando en ello.
Quisiera hablarte de hermosas
fábulas, de pensamientos
luminosos, de jornadas
soñadas, de flores, vientos,
caricias, ternuras, gracias,
secretos;
pero en la boca me nacen
palabras de fuego.
Como llamas silenciosas
me abrasan por dentro.
Debiera decirte «amor»,
«fantasía», «sueño».
«fantasía», «sueño».
Yo sólo pregunto cómo
fue posible aquello.
Seguiría, paso a paso,
la huella de tu andar. Dentro
de tu vida escondería
la vida que muero.
fue posible aquello.
Seguiría, paso a paso,
la huella de tu andar. Dentro
de tu vida escondería
la vida que muero.
«No quiero que pienses». Yo
digo que no pienso en ello.
(Cómo podría olvidarlo
sin haberme muerto.)
digo que no pienso en ello.
(Cómo podría olvidarlo
sin haberme muerto.)
De Con las piedras, con el viento (1950)
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