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sábado, 19 de mayo de 2012

COMENTARIO DE TEXTO DE "CANCIÓN DEL JINETE"

Comparto con vosotros un esquemático comentario de texto de este poema de Lorca que suelo utilizar en clase. Espero que sea de vuestro agrado.

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viernes, 18 de mayo de 2012

"LA AURORA DE NUEVA YORK..." DE LORCA

Este vídeo, que recupera un poema de Lorca, nos recuerda que nos cuesta aprender de nuestros errores y los repetimos con asiduidad, agravando las consecuencias. Es una muestra clara de un intelectual que se alarma ante la situación, pero, como Casandra, es ignorado.
 



La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno 
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.


La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
a veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

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martes, 27 de diciembre de 2011

LORCA: UN GENIO INTERRUMPIDO.

Artículo publicado hace años en L´Artmaniaque.

H
ace ya setenta años que nos arrebataron la genialidad personificada.

Uno de los intelectuales más representativos de la llamada Edad de Plata de la literatura española dio su último aliento atravesado por una cobarde bala. Fue fusilado en los primeros momentos de la cruenta guerra civil, en la que se enfrentaron hermanos de sangre pero no de pensamiento.

Lorca, como la mayor parte de los intelectuales, había apoyado abiertamente la libertad proclamada por la II República española tras sufrir la corrupción que rodeaba a la Restauración, la cual, incluso, había permitido una Dictadura. Aquella, envuelta aún en el espíritu regeneracionista y krausista, se había percatado del gran retraso en todos los ámbitos que sufría el país. Su buena voluntad se dirigía a la renovación del mismo, eliminando las lacras que habían provocado ese interesado desfase.

La República sabía perfectamente dónde se encontraban los orígenes de la fatalidad española. Quiso hacerlas frente, pero demasiado rápido. Había de enfrentarse contra los poderosos de España: terratenientes, clero y ejército.

Una de las grandes reformas iba dirigida a la agricultura. Existían grandes terratenientes que dominaban enormes propiedades trabajadas por campesinos que apenas tenían para vivir. De modo que, principalmente, se pretendió repartir propiedades entre los jornaleros a fin de aumentar el rendimiento y mejorar la economía. La II República se había procurado el primer enemigo.

El segundo gran opositor lo tuvo en la Iglesia por diferentes causas: permitir tanto el divorcio como los matrimonios por lo civil; considerar la Iglesia como una asociación más que debía pagar impuestos y no obtenerlos; investigar las propiedades ilegales y poco productivas; apostar por la tolerancia religiosa; y , sobre todo, arrebatarle el control de la educación. A la Iglesia se le escapaba entre los dedos su influencia sobre la sociedad.

El último contrincante lo verá en el Ejército al intentar reformarlo y disminuir su poder en asuntos políticos. Se considera que la economía hispana no está como para despilfarrar en guerras contraproducentes y a las que se oponía toda la sociedad (Guerra de Marruecos).

Estos tres monumentales adversarios se unirían contra la demoniaca y hereje República como si de una cruzada se tratara. Se enfrentarían dos ideologías que ya despuntaban en Europa y que acarrearían la Segunda Guerra Mundial.

Por otro lado, el Gobierno inició un proyecto de alfabetización y culturización general en su empeño por regenerar el país. Aquí entran los grandes intelectuales en su mayoría educados en la libertad de la Institución Libre de Enseñanza y en su sucesora, la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Para dicha labor se empleó sobre todo el teatro. A diferencia de sus antecesores renovadores (el grupo del 98 y los novecentistas), a quienes no importó no llegar al público, en general, los del 27 consideraron la importancia del género para regenerar el país, recordando la influencia del mismo en el Siglo de Oro. Así, surgieron la Barraca y el Teatro Pueblo, dirigidos por Lorca y Alejandro Casona respectivamente. Estas compañías llevaban el teatro al pueblo con grandes y clásicas representaciones.

Se recuerda a Lorca como uno de los intelectuales más enfrascados y concienciados de esta tarea. Así, absorbió las culturas y literaturas populares dándoles un toque intelectual. Es lo que se conoce como neopopularismo. Es de suponer que provocaría que el pueblo se considerase por fin integrado en la cultura española. Sin embargo, además de intentar expresar los anhelos del pueblo, presenta su propia angustia, siendo el tema principal de todas sus obras la frustración, el choque del deseo y la realidad, el enfrentamiento individuo y sociedad. De ahí que le interesen personajes marginales (mujer, gitanos), tal vez relacionado con su propia situación de homosexual.

Comencemos por el principio. Federico García Lorca, nacido en Fuentevaqueros (Granada) en el año del Desastre (1898), genial músico y literato, entabló amistad con otros del 27, con Juan Ramón, Dalí, Luis Buñuel y Falla cuando entró en la Residencia de Estudiantes. Su personalidad le llevó a ser el centro de atención. Sin embargo, una crisis sentimental y existencial (tal vez relacionado con Cernuda) le hizo buscar nueva estética en EEUU. Allí, la marginalidad que sufrían los negros le llegó tan hondo que dedicó una serie de poemas surrealistas a este tema.

De vuelta a su España se encuentra con la República proclamada. Es entonces cuando forma su compañía de teatro.

El ambiente presagia el enfrentamiento del país, por lo que decide ir a Granada con los suyos. Mas, allí será apresado  y fusilado por los sublevados a pesar de los esfuerzos por evitarlo de otro poeta: Luis Rosales. Tal vez su trágico destino le haya proclamado como el poeta más conocido del grupo del 27. Sin embargo era muy querido. Una espina se clavó en el corazón de todos los intelectuales cuando llegó la noticia del asesinato del poeta. así se puede comprobar con las numerosas composiciones en honor al genio granadino. Ejemplificaremos sólo con un poema, pero maravilloso, perteneciente a Antonio Machado.

El crimen fue en Granada
I

EL CRIMEN
Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas, de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico.
-sangre en la frente y plomo en las entrañas-.
...Que fue en Granada el crimen
sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada...
II

EL POETA Y LA MUERTE
Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
Ya el sol en torre y torre; los martillos
en yunque - yunque y yunque de las fraguas.
Hablaba Federico,
requebrando a la muerte. Ella escuchaba.
"Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban...
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!"
III

Se le vio caminar..
Labrad, amigos,
de piedra y sueño, en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!



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domingo, 18 de diciembre de 2011

SESENTA AÑOS DE LA MUERTE DEL POETA DEL AMOR. PEDRO SALINAS.


Hace sesenta años, en 1951, Pedro Salinas moría en el exilio en Boston, aunque fue enterrado en Puerto Rico. Es el poeta más mayor del Grupo del 27 (1892) y de los poco no andaluces (Madrid). Su vida gira en torno a la docencia de la Literatura: en la Sorbona de París (1914 – 1917); en la universidad de Sevilla ( donde tuvo a Luis Cernuda como alumno); en la universidad de Cambridge (1922-23); en Murcia; en Madrid; en Santander y en diferentes universidades norteamericanas e hispanoamericanas.


Aunque escribe teatro (Judith y el tirano), novela (La bomba increíble) y estudios de crítica literaria (Jorge Manrique o tradición y originalidad), es más conocido por su poesía, especialmente la de su segunda época (entre 1932 – 1936). Es el momento de su lírica amorosa con composiciones que ahondan de manera sutil la experiencia del amor yendo de la mera anécdota a lo universal, a la esencia de la realidad amorosa. De ahí que el poeta advirtiera que <<la poesía es una aventura hacia lo absoluto>>.

Presenta un concepto positivo del amor, pues es fuente de gozo, completa al hombre y vence a la muerte.

Es lírica del vocativo, ya que el poema resulta un constante diálogo con la amada, que salva del caos del mundo mediante varios pasos. Destaca el primero, en el que se describe el proceso de purificación de lo material y social que pueda impedir la unión entre sus almas; es decir, pretende desnudarse de todo lo que no sea esencialmente él (la clase social, el nombre), apareciendo puro para la amada. Más claro se ve en el siguiente poema:

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».






Como puede verse, describe la experiencia amorosa lejos de la pasión romántica. Es una fusión de lo sentimental y lo intelectual, pues, como afirma el poeta, <<estimo en la poesía, sobre todo, la autenticidad; luego, la belleza; después, el ingenio>>. Esto le permite acercarse a <<lo absoluto>>.

Ya se ha mencionado que su poesía suele ser dividida en tres etapas: la poesía pura (1923-1931) con Presagios, Seguro azar y Fábula y signo, con temas futuristas: la máquina de escribir, la bombilla; la lírica amorosa (Voz a ti debida y Razón de amor); tras la guerra su poesía presenta la lucha entre su fe en la vida contra los angustiosos signos del momento, como puede verse en el poema Cero sobre la bomba atómica.




Pero siempre lo recordaremos por su poesía amorosa y por su fe en que el amor es una experiencia enriquecedora que nos hace mejores si partimos de la eliminación de lo falso, lo accesorio de nuestra vida para quedar en nuestro auténtico yo.

Como muestra de esta ternura y bondad del poeta, y para terminar, añado una sublime y lírica descripción que su compañero del Grupo del 27 Vicente Aleixandre hace de él:


EN CASA DE PEDRO SALINAS
Había ido yo a su casa. Entré en una habitación y me de­tuve en la puerta. Pedro Salinas estaba escribiendo. Pero no era esa la realidad: Pedro Salinas tenía un niño sobre una rodilla y otro, una niña, sobre la otra rodilla. Esta había apo­yado su cabecita sobre el pecho del padre, mientras un bra­zo pequeño y riguroso rodeaba estrechamente su cuello. «Pa­pá, papá...» Con la mano libre la niña tiraba obsequiosamente de aquella oreja grande que ella veía arriba, y que cedía, graciosísimamente cedía. Una risita sacudía de vez en cuando a la niña, que se estrechaba contra el pecho grandote y que divisaba, roja, la faz absorta, casi contraída, que no la mira­ba. En la otra rodilla, un niño muy chico cabalgaba. Cabal­gaba quizá por un bosque, y, oh prodigio, aquella rodilla, de aquella masa, se movía a compás, mientras el niño, aga­rrado briosamente al brazo robusto, galopaba sin freno, rum­bo al fondo que sus ojillos abiertos divisaban felices. De aquel montón de niños y hombre surgía un brazo, un brazo exten­so, y del brazo surgía una mano, y en la mano, allí en el ex­tremo último, todavía algo: una pluma. Lejana, lejanísima, alcanzaba a una mesa, y allí, casi quimérico, a un papel... Aquel abigarrado montón de niños y hombre estaba escri­biendo.

«¡Arre, arre!» «Oreja, orejita, cuéntame el cuento de la abuelita.» El niño, furioso, botaba en la silla de montar, en la dócil rodilla galopadora. La niña tiraba del lóbulo, de la pulpa y decía palabritas melosas, mientras su bracito estran­gulaba cariñosamente la entregada garganta. El poeta, aquella trinidad de poeta, montón con una sola cabeza que surgie­se, roja y contraída y visitada, escribía inspiradamente, di-bujadamente unos versos que yo no sé quién veía. Acaso aquel amontonamiento humano era una gran pupila vibrátil, y la mano lejana, lejanísima, sólo un rayo de luz que cayese mi­lagrosamente sobre el papel, dejando un trazo finísimo.

Así estuve unos minutos, suspenso, mirando el cuadro. Al final, la niña estaba de pie sobre el muslo paterno, los dos brazos rodeaban el cuello, y la boquita tierna decía, casi cantaba, palabritas alegres, palabritas gritantes en el oído be­sado, en el oído inmenso e inerme. El niño colgaba ahora del brazo aquel que quería escribir, que escribía... Un niño se balanceaba de aquella viga de sangre y luz que era el bra­zo del poeta comunicándose.

Se deshizo aquel montón indistinto y Pedro Salinas se puso de pie. Me miró y se echó a reír. «Me has sorprendido in fraganti.» «¡Y qué in fraganti!», le dije yo. Me tendió el pa­pel. En la cuartilla, no sé cómo, estaba el poema:

Estoy pensando, es de noche, en el día que hará allí, donde esta noche es de día. En las sombrillas alegres, abiertas todas las flores contra ese sol, que es la luna tenue que me alumbra a mi. Etc.

Salimos a la terraza. Vivía Pedro, en Madrid, entonces en la calle del Príncipe de Vergara, y tenía una terraza que a mí se me antojaba, no sé por qué, que diera a los tejados de la ciudad de Sevilla. Era madrileño, nacido en una vieja calle, con mucha solera, de la capital; pero fue algunos años catedrático en la Universidad sevillana, y a mí me parecía, allí, desde su azotea alta, a esa luz del crepúsculo largo de primavera, ver alzarse, como un fondo necesario para «Don Pedro», la torre erguida y caliente de la Giralda.

Este madrileño, de poesía toda dibujo y nada color, me traía a mí asociaciones sevillanas, cuando le veía. Él, deshe­cho de figura, gordón y pesado, se fue a Sevilla y volvió re­cogido y erecto, cuidado y preciso, con una nueva armonía corporal, casi enjuta, y hasta con un humor finísimo que, ahora sí, tenía color: un color dorado, pálido, centelleante a un posible sol escondido; precisamente el color de la «man­zanilla».

Enseñaba un rostro de cargada tonalidad, con ese casi siena de algunos sevillanos, y le brillaban allí unos ojos claros y que sabían mucho de la vida. Con ironía afectuosa estaba siempre dispuesto a escuchar. Si seguías hablando, en algún momento volvíais en vosotros mismos y mirabais. La chispa irónica y afectuosa estaba desvanecida en un azul tranquilo, hondo, que era todo un ámbito para vuestro bien.

A través de los años, en la vida se ha conocido de todo y casi por todo se ha pasado. Queda el recuerdo noble de algunos seres que dicen un límite de humanidad, un límite sereno, verdadero, donde uno se pierde, donde parece uno haberse encontrado y reconocido. Allí, tranquilo, real, Pe­dro Salinas.
V. Aleixandre, Los encuentros. Madrid, Guadarrama, 1958, págs. 73-76.


PARA SABER MÁS.


video de grupo 27:




Documental sobre Pedro Salinas








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