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lunes, 13 de octubre de 2014

SÉNECA: LA VIRTUD HACIA LA FELICIDAD

Detalle de Muerte de Séneca, de Rubens
Una de las filosofías que más admiro es la de Séneca. Este escritor de la Hispania romana es un compendio de pensamientos anteriores pero con el toque latino de la utilidad. De ahí que no se centre tanto en la metafísica como en el comportamiento  del ser humano en el mundo cotidiano. Séneca guía al ciudadano para que sea feliz haciendo el bien. Y esto en la época tumultuosa que le toca vivir.

Podéis leer el artículo completo en el número cinco de la revista digital.  DESDE LA PÁGINA 86.

Vais a encontrar una revisión de su biografía, especialmente en su trato con el emperador Nerón así como en su pensamiento, que adelanta el Renacimiento europeo del XVI y que admira María Zambrano, una de las mujeres más relevantes en el mundo de la Filosofía.


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lunes, 15 de julio de 2013

SANTO TOMÁS DE AQUINO


Como este año se cumplen seiscientos noventa (1323) de la canonización de Tomás de Aquino (1225 -1274) a pesar de la persecución que sufrió, vamos a honrarlo recordando su filosofía.

Antes no hemos de olvidar que hasta el siglo XIII predomina en occidente una filosofía de base platónica (aunque dudo que se entendiera debidamente). Esto se debía a la obra de San Agustín y del desconocimiento de la de Aristóteles.

Es en el siglo XIII cuando Europa contacta con el pensamiento de éste (gracias a Averroes y la Escuela de Traductores de Toledo). Conmocionó de tal manera que el Papa previno contra él. Sin embargo, Tomás de Aquino consideró una filosofía aristotélica cristiana.

La propagación de la filosofía aristotélica chocó con la concepción agustiniana de la relación entre fe y razón, dando lugar al averroimo latino, que considera la independencia de la razón. En realidad, la base del pensamiento de Tomás de Aquino se centra en el tema de la relación entre fe y razón.

De manera que se aleja de la postura agustiniana y platónica para acercarse a la aristotélica al considerar que, aunque nuestro fin de conocimiento es lo inmaterial, éste parte de los sentidos, por lo que se limita a comprender lo material. Las consecuencias, por tanto, son dos: la filosofía se construye de abajo a arriba (de lo material a lo intangible) y la idea que podamos tener de Dios va a ser imperfecta. La razón presenta unos límites con los que no se topa la fe. Una y otra no entran en conflicto, sino que perfeccionan a la otra.

Tanto la filosofía como la fe tienen sus propios métodos, criterios y objetos de estudio, que las hacen independientes. Sin embargo, a veces, coinciden en el objeto de análisis: el hombre, Dios y moral. En estos puntos, fe y razón no chocan, se ayudan una a la otra. Por ejemplo, sirven los procedimientos de ordenación científica, las armas dialécticas y datos de la filosofía. Pero la fe siempre será el criterio a seguir.

Comencemos con el hombre. Su estudio siempre ha partido de la idea de su división en alma y cuerpo (para Platón el alma está encerrada en el cuerpo como castigo; para Aristóteles el alma es el principio, mientras que el cuerpo es la forma). Tomás de Aquino defiende que el hombre es una única sustancia compuesta por alma y cuerpo. El alma es la forma del cuerpo, de la que puede vivir separada, pero, por naturaleza, necesita estar unida al cuerpo. El alma sola está incompleta.

Tres son las características naturales del alma: inmaterialidad, sustancialidad e inmortalidad. Como el fin del alma es pensar y obrar de forma racional, que es algo espiritual, el alma ha de ser igualmente in material. El raciocinio es superior e independiente de los sentidos, de modo que el alma es una sustancia, no necesita nada para existir. Por último, el alma es incorruptible y espiritual, lo que la hace inmortal.

Siguiendo a Aristóteles, Santo Tomás considera que el alma presenta tres tipos de funciones: vegetativas (nutrición y reproducción), sensitivas (irascibilidad y concupiscencia) e intelectivas (conocimiento por abstracción).
Esto nos conduce a la teoría del conocimiento. Según esta, el conocimiento del ser humano se elabora a partir de los datos de la experiencia suministrados por la percepción sensorial. Pero ¿cómo se pasa de las representaciones sensibles a los conceptos?

Los conceptos son universales (ser humano es un concepto universal), mientras que las percepciones no lo son (nadie ha visto al ser humano)

El problema viene cuando queremos saber cómo se pasa de la individualidad de las percepciones a la universalidad de los conceptos.

El entendimiento extrae los conceptos desde la experiencia sensible (capacidad de abstracción). Pero ¿cómo explica Tomás de Aquino la abstracción?

Según el filósofo, ha de distinguirse en el entendimiento dos capacidades: la abstractiva de universalizar y la capacidad de conocer universalmente. Además, las representaciones sensibles dejan en la memoria una imagen o representación particular que Tomás de Aquino denomina fantasma (especie sensible expresa).

El entendimiento agente actúa sobre esta imagen despojándola de todo lo que la hace inteligible, lo que tiene de particular, y hace posible una representación inmaterial (especie inteligible impresa). El resultado es el concepto (universal y abstracto).

El entendimiento posible o pasivo elabora un concepto universal con los datos ofrecidos por el entendimiento agente (capacidad abstractiva).

Por último, el entendimiento proyecta lo universal sobre lo individual.


En resumen, los sentidos captan los objetos particulares, que se registran en la fantasía. Ésta origina imágenes. Sobre ellas trabaja el entendimiento agente para extraer las formas, en las que el entendimiento pasivo identifica las esencias a fin de llegar al concepto.

Como podéis ver, es la mimesis de la teoría del conocimiento de Aristóteles.


El segundo objeto de estudio que fe y razón comparten es Dios. Lo que conduce a la necesidad de demostrar la existencia de Dios. Para ello acepta la demostración aristotélica basada en el movimiento y se aparta de la idea agustiniana (las ideas son inmutables y están dentro del alma del hombre). A esto suma partir del conocimiento basado en la experiencia sensible. Dios no es evidente por sí mismo. Por ello hay que recurrir a la demostración racional. Para demostrar la existencia de Dios hay que partir de sus efectos. Ese es, para Tomás de Aquino, el sistema adecuado para la demostración: partir de los seres de este mundo (efectos).

Propone cinco argumentos o vías que se organizan en cuatro pasos: hecho de experiencia como punto de partida, aplicación del principio de causalidad, es imposible una serie infinita de causas.

La primera de las vías, basada en Aristóteles, es la del movimiento. Todas las cosas del mundo se mueven. Han de tener un motor externo que produzca dicho movimiento: el primer motor que no es movido por nada más.

La siguiente vía es la de la causalidad eficiente –también basada en el filósofo griego-, que indica que todas las causas de este mundo tienen a su vez una causa, hasta que se llega a la primera causa.

La tercera es la de la contingencia (basada tanto en Aristóteles como en Maimónides) que indica que todos los seres de este mundo, aunque existan, podrían no haberlo hecho, porque ninguno es necesario. El hecho de que existan explica que hay un ser necesario, causa de todos los seres.

La cuarta vía es la de los grados de perfección (más basado en Platón que en Aristóteles). Según la cual existe una jerarquía de seres hasta llegar al perfecto, causa de los demás y del que participan.

Por último, la quinta es la del orden cósmico (por influencia de los estoicos). Indica que todos los seres se dirigen hacia un fin, aunque carezcan de conocimiento (por lo que alguien ha de conocer por ellos). Esta inteligencia primera ordena los seres hacia una finalidad.

Como puede apreciarse, todas las vías están vinculadas entre sí. Todas parten de la experiencia hasta que ya no se puede explicar dentro de la realidad sensible.

Para Tomás de Aquino, Dios puede conocerse, aunque de manera imperfecta, por la razón.

Pero ¿cuál es su naturaleza? Tomás de Aquino deduce que en Dios se identifican esencia y existencia, lo que da un ser puro e infinito que nada le falta. De modo que es inmutable, eterno y perfecto.

El último objeto de estudio común entre la filosofía y la teología es la ética. Santo Tomás acepta del aristotelismo la idea de que el fin último del ser humano es la felicidad. En éste hay tres tendencias innatas: como sustancia el hombre busca su supervivencia, como animal tiende a procrear, como ser racional tiende a conocer la verdad y a vivir en sociedad. Estas tres tendencias conforman el contenido de la ley natural, que ha de ser evidente, universal e inmutable. La ley  natural del ser humano es la ley que regula la moral de todos los hombres y que hay que seguir para actuar correctamente.

Añade que todo el universo está ordenado dependiente de Dios, causa creadora. Esa ordenación, que sirve tanto para animales como para personas, se denomina ley eterna. A los animales los ordena por las leyes físicas; a los hombres, por la ley moral. Sin embargo, el hombre es libre de seguirla o no. Es decir, puede obrar bien o mal. Sin embargo, participa de la bondad de Dios, que es el Bien.

En esta ley moral –inmutable, universal y evidente- debe basarse la ley positiva. Ésta es la legislación humana para regular la sociedad (el hombre es un ser social). De todos modos, si choca la ley humana y la moral, siempre prevalece ésta.


El ser humano tiene como finalidad llegar a Dios. Lo conseguirá en un estado que conduzca al pueblo a una vida justa y virtuosa (paz y bienestar común). ¿Y quién es el encargado? La Iglesia., que debe someter al Estado. El sistema será el de la monarquía con un rey virtuoso, pues será como el alma en el cuerpo o Dios en el mundo.




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sábado, 2 de febrero de 2013

CASO BÁRCENAS VERSUS FILOSOFÍA DE KANT




Viendo que a la gente y a nuestros gobernantes se les ha olvidado la moral a seguir, he decidido recuperar el pensamiento de uno de mis filósofos preferidos: Kant. Y a ese pensamiento se deben tanto los derechos humanos como el inicio de los estudios psicológicos.

Recordemos que Kant pertenecía a la Ilustración, movimiento que da alta relevancia a la razón. Sin embargo, dentro de una lucha entre empiristas y racionalistas, nuestro filósofo decide llevar a cabo el mismo análisis crítico que se emplea en todos los campos durante esa época, pero dirigida a la propia razón humana, puesto que en ese momento se la considera sin límites.

De modo que la filosofía de Kant se va a enfrentar a tres preguntas (¿qué se puede saber?, ¿qué se debe hacer? Y ¿qué se puede esperar?), que equivalen a ¿qué es el hombre?

Respecto a la primera pregunta -¿qué se puede saber?-, Kant intenta descubrir cuál es el límite del conocimiento humano. Para ello analiza cómo se produce éste, es decir, la ciencia. Además se pregunta si el tema principal de estudio de la Filosofía – la Metafísica- es ciencia.

Para ello recuerda que hay dos tipos de juicios (enunciados): los a posteriori o sintéticos (que se basan en la experiencia) y los a priori o analíticos son explicativos y no aumentan  el conocimiento. Un ejemplo de éstos sería: el triángulo tiene tres ángulos. Del primero podríamos decir: los árboles son verdes.  Con cada uno tenemos problemas pues con el primer ejemplo –el juicio a priori- no aprendemos nada nuevo, la información ya está contenida en el sujeto, pero es universal; es decir, siempre va a ser así. Sin embargo, con el juicio a posteriori nos basamos en nuestra experiencia, en nuestros sentidos. Aprendemos novedades, pero no poseen carácter universal. De este modo, cuando afirmamos que los árboles son verdes estamos asegurando que todos los del mundo son de este color. Lo hacemos según nuestra experiencia, lo que hemos visto, pero no es una afirmación cierta, ya que existen árboles cuyas hojas son de otros tonos, por ejemplo el haya de hojas rojas.
 
De manera que nos enfrentamos a un grave problema ya que o no conocemos nada nuevo o es falso. Mas todo esto cambia con la física – matemática de Newton según Kant, ya que aúna lo bueno de cada uno de estos juicios para crear otro nuevo: el sintético a priori. Pero ¿cómo puede ser dependiente e independiente de la experiencia a la vez?

Para averiguarlo la Crítica de la Razón Pura se organiza en tres partes: Estética transcendental, Analítica transcendental y  dialéctica transcendental.

Si empezamos por la primera, hemos de recordar que la Estética es la parte de la Filosofía que estudia la sensibilidad, aquello que procede de los sentidos.  De este modo el ser humano conoce sensiblemente las formas a priori porque las vuelca sobre elementos que percibe por los sentidos. Voy a poner un ejemplo muy sencillo: para comprender la abstracción de las operaciones matemáticas se sustituye por algo que percibamos por los sentidos, como contar con los dedos. Esto nos proporciona conocimiento basado en intuiciones empíricas, pero nunca seremos capaces de conocer la esencia de las cosas (noúmenon), sólo la imagen que de ellas nos formamos. De manera que el espacio y el tiempo son sólo formas percibidas por nosotros para  ser capaces de ordenar el caos de sensaciones que nuestros sentidos nos aportan. Eso sí, todos los humanos lo percibimos igual, aunque no equivalga exactamente con la realidad.

Respecto a la Analítica transcendental, Kant se ha preguntado cómo son los juicios a priori en las Matemáticas, pero aquí busca cómo se dan en la Física. Para ello analiza la parte de la Lógica que estudia el entendimiento. Éste estructura los fenómenos sensibles. De modo que es la facultad de conocer mediante conceptos, la facultad que nos permite pensar la realidad. Pero están basadas en percepciones empíricas que el entendimiento organiza para crear conceptos que comparten todos los seres humanos.

Por último, en la Dialéctica transcendental, se pregunta si los juicios a priori son posibles en la Metafísica, es decir, si ésta es una ciencia. La respuesta es un categórico NO, ya que estudia el yo, el mundo y Dios. Y ninguno parte del mundo sensible. Es decir, la Metafísica no busca cómo son las cosas para mí, sino en sí mismos (noúmenon). Y ya hemos advertido que el ser humano es incapaz de conocer la esencia de las cosas.

Esos sí, son transcendentales, es decir, universales; pero ya no es un conocimiento científico.

En resumen, el procedimiento del conocimiento humano es el que sigue: nuestros sentidos nos aportan información caótica que seleccionamos y organizamos en el tiempo y el espacio creando la representación mental del objeto (fenómeno). Pero todavía existe una caos de fenómenos, que estructura el entendimiento (capacidad de pensar en la realidad mediante conceptos puros) para que conozcamos las leyes de la naturaleza.

Y ahí está el límite de nuestro conocimiento, de la ciencia, que sólo somos capaces de conocer las manifestaciones sensibles de la naturaleza porque están organizadas en espacio y tiempo.  Nuestro conocimiento (ciencia)  se basa en lo que podemos percibir por los sentidos. Ahí está nuestro límite. Por eso la Metafísica no es ciencia, pues no puede demostrarse empíricamente.

Entonces, ¿los filósofos han estado perdiendo el tiempo? Claro que no. La Metafísica no es ciencia, así que Kant se da cuenta que no puede analizarla mediante el uso de la Razón Pura, pero procura hacerlo por el uso práctico de la razón, es decir, no desde el conocimiento sino desde la conducta del ser humano.

Según esta perspectiva, Kant se da cuenta de la existencia de una LEY MORAL UNIVERSAL, es decir, una especie de Pepito Grillo que nos indica qué es lo que está bien respecto al comportamiento. No se basa en la experiencia (es a priori), es universal (es igual para todos los seres humanos en cualquier lugar y época) y es autónoma. Para que se entienda que no se funda en la experiencia espero que valga este ejemplo: venos que a alguien se le cae un billete de cincuenta; nuestro Pepito Grillo (la Ley Moral) nos dirá que lo cojamos para devolverlo a su dueño; como empleamos bien la inteligencia, nos disponemos a hacerlo, pero el dueño nos descubre y cree que nos lo vamos a quedar, por lo que nos pega una paliza; sin embargo, aunque no haya salido bien esta vez, sabemos que nuestro comportamiento es el correcto, de modo que si se diera el mismo caso, repetiríamos la buena acción.

En cuanto a la característica de la universalidad, sabemos, porque así lo dice la Ley Moral –si somos capaces de oírla- que matar está mal en todas la épocas y sociedades. Esto hace ver que, a veces, chocan la ley moral con la humana: véase el caso de la pena de muerte en EEUU.

Hay que recordar que existen dos tipos de mandatos o imperativos: el hipotético y el categórico.  El primero son mandatos que obligan condicionalmente. Por ejemplo, no robes si no quieres que te meta en la cárcel o ir al infierno. Que se siga este mandato no nos hace mejores persona, sólo temer el castigo. En cambio, el imperativo categórico obliga a todos los seres humanos (es universal, a priori); es el deber por el deber, me comporto así porque es mi obligación como buen ser humano. De aquí sale la importancia de la intención, de la voluntad del bien que tengamos. No es lo mismo hacer el bien por miedo al castigo que porque se hace lo que se debe.

De modo que la ética de Kant es una moralidad superior porque es formal, no depende del castigo o la felicidad, sino de la obligación como un ser racional.

Pero, ¿cuáles son las causas que nos obligan a comportarnos moralmente (¿qué puedo esperar?)? Kant considera que se debe a tres postulados (no se puede demostrar, no son perceptibles por nuestros sentidos): la libertad, inmortalidad del alma y la existencia de un Ente Superior.

Respecto a la libertad, el ser humano tenemos poder para elegir si hacemos caso o no a nuestro Pepito Grillo, si seguimos o no el deber moral. Si no fuera así, el buen comportamiento estaría totalmente mecanizado y pertenecería a nuestros instintos. Eso sí, el hombre superior es aquél que es capaz de emplear la razón práctica, es decir, de comportarse según la ley moral universal.

En cuanto a la inmortalidad del alma, la vida es muy breve para poder llevar a cabo toda la buena voluntad. De modo que debe haber otra vida.

Además, tanto bien ha de ser recompensado de alguna manera. Por lo que un ser superior ha de hacerlo.

Si no os habéis percatado os lo digo yo. Para Kant –así como para cualquier ser humano con dos dedos de frente- el uso práctico de la razón es superior al uso puro. La moral y el buen comportamiento están por encima del conocimiento. Éste, en consecuencia, debería sustentarse en aquél. No al revés. Y éste creo que es el problema de base de la sociedad actual: ha olvidado la importancia de la Razón Práctica y ha llegado, incluso, a la extrema estupidez cuando ataca y ridiculiza a aquellos que son capaces de emplearla.

Para presentar la importancia de someter la razón pura a la práctica voy a recordar que los primeros en investigar sobre la clonación fueron los nazis.

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