miércoles, 5 de junio de 2013

CITA DEL DÍA: LORCA

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TAL DÍA COMO HOY... FEDERICO GARCÍA LORCA

Federico García Lorca (1898 - 1936)
Tal día como hoy, en 1898, nacía el poeta y dramaturgo granadino Federico García Lorca, integrante del Grupo del 27.

Podéis leer también: LORCA: UN GENIO INTERRUMPIDO

También os dejo la descripción que hace Rafael Alberti de su primer encuentro con Lorca:

IMAGEN PRIMERA DE LORCA: EN LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES


Fue en la Residencia de Estudiantes, de Madrid.
La Residencia, o la «Resi», como abreviada y cariñosamente le decíamos los que la frecuentábamos y los que en ella se hospedaban, se alzaba entonces en las primeras afueras ma­drileñas, sobre una verde loma, que Juan Ramón Jiménez, antiguo residente, la llamó en sus poemas «Colina del alto chopo», debido a los que bordean sus jardines, cortados por el canalillo que sube el agua a los grifos y fuentes de la capi­tal.
Las sobrias alcobas y los árboles de la Residencia han ayu­dado al crecimiento del nuevo espíritu liberal español, a la creación de sus mejores obras, desde comienzos de siglo has­ta el trágico 18 de julio de 1936, fecha de su oscurecimiento. Hija de la Institución Libre de Enseñanza, núcleo de la cul­tura que llegó a ser dirigente con la República del 14 de abril, la Residencia de Estudiantes vino siendo la casa de las más grandes inteligencias españolas. Baste señalar entre los nom­bres de sus huéspedes anteriores a García Lorca los de Ra­món Menéndez Pidal, Antonio Machado, Juan Ramón Jimé­nez, Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset, Américo Cas­tro, etc.
En 1919, Federico fue enviado por sus padres a esta Resi­dencia. Venía a Madrid no como poeta, nativa y única voca­ción de su sangre, que ya muy bien sabían los aires y los ríos de su Granada, sino como estudiante. Estudiante, a ratos per­didos, de Filosofía y Letras y —cosa horrible para él— de De­recho, cuya licenciatura obtiene el fin en la Universidad gra­nadina (1923).
Nuevos nombres, algunos de los cuales irían destacándo­se en el panorama intelectual español durante la decena de años en que García Lorca hace de la Residencia la casa de su poesía, habían sustituido a los de aquellos otros, maestros ya, respetados y consagrados dentro y fuera de la Península.
Los poetas malagueños José Moreno Villa y Emilio Pra os; el todavía casi adolescente pintor catalán Salvador Dalí y el cineasta Luis Buñuel, su más tarde colaborador en París, eran, entre la multitud de ciegos estudiantes admirados que invadían a todas horas la alegre celda del poeta, sus verdade­ros amigos, esos con quienes Federico mejor se comunicaba, esos que ya valorizaban su creciente y arrebatadora juventud, río constante de gracia y poesía.
Cuando dos poetas se conocen y se dan la mano por vez primera, es como si dos corrientes transangélicas tropezaran, fundiéndose. Leves aires ingenuos de García Lorca conocía yo antes de encontrármelo, mínimas ráfagas celestes, que al estrecharse nuestros dedos habrían de aletearme en la me­moria:

Y las estrellas pobres,
 las que no tienen luz
—¡qué dolor, qué dolor,
 qué pena!—,
 están abandonadas
en un azul borroso.
¡Qué dolor, qué dolor,
 qué pena!

¡Versillos viejos de la preamistad, que nunca he visto re­cogidos en sus obras, pero que significan para mí la imagen del poeta aún sin cara y sin cuerpo, pura brisa sin árbol, bre­ve soplo sin referencia! Y este primer momento con el poeta invisible fue durante un verano, en la sierra de Guadarrama (1922). ¿Cómo sería Federico? ¿Quién lo había visto y fre­cuentado? ¿Cuándo lo conocería? Ignoraba yo entonces que aún pasarían dos años para que esto sucediera.

*    *
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.

Así como el poemilla anterior siempre me traerá el aro­ma del poeta imaginado sobre un paisaje de romeros y pinos guadarrameños, estos versos del Romancero gitano serán ya para toda mi vida la Residencia de Estudiantes, puerta de nuestra amistad, que en una tarde amarillenta de octubre (1924) me abriera, hoy no recuerdo si el poeta Moreno Villa o el pintor Salvador Dalí.
—Rafael Alberti...
Federico abrazaba a todo el mundo, cayendo en seguida sobre el presentado como una tromba incontenible de pala­bras, entrecortadas risas y gestos hiperbólicos.
-Te conozco. ¡Cómo no voy a conocerte! —comenzó, golpeándome la espalda y estrujándome hasta el resuello—. ¡A que sí! Y también he leído tus canciones en La Verdad, de Murcia. ¿Es mentira? ¿No? Ja, ja, ja! «¡Alberti, Albertito!», le decían a un tío tuyo que vivía en Granada. ¿Ves co­mo sé quién eres y quién es tu familia?
Y se volvía a reír, con una boca grande, profunda, volca­do de cintura para atrás y apretándome las muñecas.
—Te voy a hacer un encargo —continuó, sin soltarme, impidiéndome con su inatajable velocidad todo intento, no sólo de palabra, sino de respiro—. Este es un encargo que le hago al pintor. Quiero que me regales un cuadro en el que yo figure dormido al pie de un arroyo con flores y una Vir­gen, Nuestra Señora del Amor Hermoso, apareciéndoseme en lo alto de un olivo. Te prometo colgarlo sobre la cabecera de mi cama. Y si alguna vez vas por Andalucía, por Fuente Vaqueros, adonde te invito desde ahora, verás cómo es ver­dad lo que te estoy diciendo.
Le respondí que sí, sorprendido y entusiasmado; que aquella misma noche comenzaría su «encargo»; que aunque la poesía me interesara ya bastante más que la pintura, me ufanaba la idea de pintarle dormido en lo ancho de una ve­ga, rodeado de flores, sonriendo a Nuestra Señora...
Mientras así hablábamos, habían ido llegando más ami­gos, estudiantes que apenas sin comprenderlos repetían lue­go sus poemas por las tertulias literarias de los cafés y claus­tros universitarios.

Verde que te quiero verde.
 Verde viento. Verdes ramas.

En un remanso oscuro del jardín, iluminado débilmente al fondo por las ventanas encendidas de los pabellones estudiantiles, comenzó a recitar Federico, espontáneamente, sin que nadie se lo pidiera, su último romance traído de Grana­da. En medio del silencio y de aquella penumbra susurrante de álamos, pude entrever cómo se le transfiguraba el rostro se le dramatizaban la voz y todo el aire al son duro, patético lleno de misterioso escalofrío, que repica por el suceso sonámbulo del poema.

El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.

Era García Lorca entonces un muchacho delgado, de frente ancha y larga, sobre la que temblaba a veces, índice de su exaltada pasión y lirismo, un intenso mechón de pelo negro, «empavonado», como el del Antonio Camborio de su Roman­cero. Tenía la piel morena, rebajada por un «verde aceitu­na», término comparativo éste que se emplea mucho por An­dalucía, la tierra española más rica en olivares. Su cara no era alegre, aunque una larga sonrisa, transformable rápida­mente en carcajada, pusiera en ella esa expresión de conta­gioso optimismo, de fuego desbocado, que tan perdurable recuerdo dejara, incluso en aquellos que tan sólo le vieron un instante.
El aspecto total de Federico no era de gitano, sino de ese hombre oscuro, bronco y fino a la vez, que da el campo an­daluz. Una descarga como de eléctrica simpatía, un hechi­zo, una irresistible atmósfera de magia para envolver y apri­sionar a sus auditores, se desprendían de él cuando hablaba, recitaba, representaba veloces ocurrencias teatrales, o canta­ba, acompañándose al piano. Porque en todas partes García Lorca encontraba un piano.
Uno grande, de cola, estuvo siempre abierto para el poe­ta en la sala de cursos y conferencias de aquella casa madrile­ña de los estudiantes. Si existe aún y hoy levantáramos su tapa, veríamos que guarda años enteros de melodías roman­cescas y canciones de España. La voz, las manos de Federico están enterradas en su caja sonora. Porque Federico era el cante (poesía de su pueblo) y el canto (poesía culta): es decir, An­dalucía de lo jondo, popular, y la tradición sabia de nuestros viejos cancioneros. Aunque en casi todos los poetas contemporáneos del sur, con Antonio Machado y Juan Ramón Ji­ménez a la cabeza, pueda encontrarse esta misma veta, este recuperado hilillo de agua transparente, es García Lorca quien con más fuerza y continuidad representa esta línea. Su pri­mer libro —Impresiones y paisajes—, libro de prosas poco conocido, aparece dedicado a su maestro de música, a su pro­fesor de piano. Dato revelador. Arranque rítmico y melódi­co de su poesía. Federico cantaba y se acompañaba, en ese piano que para él se abría en todas partes, con un gusto y una gracia muy suyos, reinventando las melodías y palabras semiolvidadas de esos cantos y cantes, sustituyendo las fallas de su memoria con añadidos de su invención. Es decir, era una fuente de poesía popular, que manaba con el mismo cho­rro, lleno de torceduras, ausencias e interrupciones que el ver­dadero que alimenta la memoria del pueblo. Aquel piano de cola, en aquel íntimo rincón de la Residencia, junto a aque­lla ventana por donde la madreselva florida asomaba su olor, recordará mejor que nadie la capacidad asombrosa de trans­formación, de recreación, de adueñamiento de lo de nadie y lo de todos, haciéndolo materia propia, que, como un Lo­pe de Vega, poseía Federico.
¡El Pleyel aquel de la Residencia! ¡Tardes y noches de pri­mavera o comienzos de estío pasados alrededor de su tecla­do, oyéndole subir de su río profundo toda la millonaria riqueza oculta, toda la voz diversa, honda, triste, ágil y alegre de España! ¡Época de entusiasmo, de apasionada reafirma­ción nacional de nuestra poesía, de recuperación, de entron­que con su viejo y puro árbol sonoro! Ante ese piano he pre­senciado graciosos desafíos —o, más bien, exámenes— folk­lóricos entre Lorca, Ernesto Halffter, Gustavo Durán, muy jóvenes entonces, y algunos residentes ya iniciados en nues­tros cancioneros.
—¿De qué lugar es esto? A ver si alguien lo sabe — preguntaba Federico, cantándolo y acompañándose:
Los mozos de Monleón
 se fueron a arar temprano
 -¡ay, ay! —,
se fueron a arar temprano...

En aquellos primeros años de creciente investigación y renacido fervor por nuestras viejas canciones y romances, ya no era difícil conocer las procedencias.
—Eso se canta en la región de Salamanca —respondía, apenas iniciado el trágico romance de capea, cualquiera de los que escuchábamos.
—Sí, señor, muy bien —asentía Federico, entre serio y burlesco, añadiendo al instante con un canturreo docente: —Y lo recogió en su cancionero el presbítero don Dámaso Ledesma.
Otras veces, bajo los chopos y adelfas del jardín, o en su habitación, eran los desafíos poéticos, la lectura de los nue­vos poemas. Por allí resonaron, recién escritos, los de Presa­gios, el libro inaugural de Pedro Salinas, y los de Cántico, de Jorge Guillen; por allí dije yo, con la timidez del más jo­ven, canciones de mi Marinero en tierra. Juan Ramón Jimé­nez, exresidente ya en aquellos años, pasaba algunos atarde­ceres con nosotros, dándonos el gran ejemplo continuo de su perfecta vocación, elevada a religiosidad y ascetismo, mien­tras que el bueno de Antonio Machado, perdido siempre en la provincia, nos mandaba su eco desde la paramera de Cas­tilla o las llanuras de Baeza, eco que repetíamos de recio por aquella casa de la cultura, albergue de poetas, por donde se alternaban de cuando en cuando con las nuestras, voces de afuera como las de Paul Valéry, Claudel, Aragón, Eluard, Teixeira de Pascoaes...
En aquel paisaje de juventud y trabajo, Federico, como un eterno estudiante siempre en vacaciones, vivía la mayor parte del año, hasta que se marchaba, por lo general muy entrado ya el verano, a Granada o a Fuente Vaqueros, ciu­dad y pueblo que tantas cosas dijeron a su poesía. Y allí, en los tirantes estíos andaluces, movidos de olivares y limones, no le esperaban ya aquellos pianos íntimos, cultos de Ma­drid, sino las guitarras profundas de los patios y caminos re­cónditos, junto al alma jonda de don Manuel de Falla, claro norte en su formación poética, además de entrañable ami­go.
—¡Primo! Están cabeceando los árboles. Es que está en­cima la tormenta. Adiós.
Los estudiantes se habían ido marchando hacia sus pabe­llones. Federico quedó solo conmigo en el jardín, hasta pasadas las doce de la noche. ¡Primo! Fue con ese gracioso tra­tamiento gitano, que ya nunca más abandonó, como se des­pidió de mí aquel arrebatado andaluz oriental el primer día de nuestro encuentro en la Residencia de Estudiantes.


Rafael Alberti, Imagen primera de…

Buenos Aires, Losada, 1945, páginas 15-22.


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COMENTARIO DE TEXTO CANCIÓN DEL JINETE DE LORCA

Lorca.


El presente texto va  a ser comentado  siguiendo tanto el modelo de comentario de Díez Borque y Lázaro Carreter como la Teoría de las Funciones del Lenguaje.

Con una primera lectura observamos que dicho texto es literario, lo que supone que el autor ha empleado extrañadores. El que más resalta es el hecho de  que se dispone en verso. Sin embargo no puede decirse que pertenezca a ningún subgénero poético concreto. De hecho, esta libertad nos indica que nos encontramos ante un poema del siglo XX.

Respecto al punto de vista de la voz, al catalogar el poema dentro del género lírico, nos encontramos con un yo, como indican los morfemas verbales (sepa) y elementos como yo, me o mi..

El yo lírico parece un campesino; pero el tú textual no se identifica fácilmente, pues parece cambiar (¡ay mi jaca valerosa!).

Este poema, que  empieza in media res, presenta dificultades de interpretación, incluso ha llegado a decirse que es un sueño, una pesadilla surrealista.
Podríamos resumir el poema del siguiente modo: el yo poético, un campesino que tras recoger aceitunas marcha a Córdoba; sin embargo, todo son premoniciones de muerte que indican que no llegará a su destino.

En cuanto al tema, es posible afirmar que es la MUERTE. Acerca de las intenciones, no quedan claras. Tal vez pretenda tratar el tema de la muerte desde otro punto de vista: el misterioso y legendario al incluir presagios y las creencias de los pueblos andaluces. Tal vez esté empleando, como se ha mencionado más arriba, el surrealismo.

Si pasamos a la estructura externa, hemos de referirnos a que el poema no constituye una estructura académica. El texto se abre y se cierra con un pareado (un verso de tres sílabas y otro de cinco). Entre ellos se encuentran tres estrofas de cuatro versos octosílabos, cuya rima asonante en los pares recuerda a los romances. Pero también recuerda a la copla.

En cuanto a la estructura interna, podemos dividir el poema en dos partes: dos primera estrofas de cuatro versos y la última, ambas marcada con el paréntesis del pareado. Ya se ha advertido que la estructura de poema es in media res y que concluye sin saber a ciencia cierta qué ocurre con el yo poético. Las dos primeras estrofas presentan y describen el paisaje y las premoniciones. La tercera  se compone por exclamaciones del yo lírico lamentándose d su próxima muerte, una muerte misteriosa para el lector. Éste tal vez imagina que los bandidos  atacaron y asaltaron al campesino (la luna roja es símbolo de asesinato en la superstición del pueblo).

Acerca de las funciones principales del poema, como en cualquier texto literario en este sobresale la función estética. Destaca también la expresiva, sobretodo en la cuarta estrofa. Hay que añadir la referencial.

Sobre el nivel fonológico del poema, es posible referirse al empleo del verso como unidad mínima, sobresaliendo el uso de ENCABALGAMIENTOS, que dan sensación de desequilibrio y desasosiego. De manera que se vincula con el tema del texto.

En cuanto al RITMO DE CANTIDAD, es importante señalar que nos encontramos ante un poema de arte menor, alternando los versos de dos, de cinco y de ocho sílabas. Esta asimetría también apota la sensación de desasosiego y desesperanza que rodea la composición. En este punto también cabe referirse a las sinalefas, como en el segundo verso (lejana y sola).

También nos interesa tratar el RITMO DE INTENSIDAD O ACENTUAL. El acento estrófico recae en la penúltima sílaba, siendo impar. De modo que nos encontramos antes un ritmo trocaico y acento paroxítono. Sin embargo, existen excepciones en el primer, sexto, décimo, decimocuarto y decimoquinto versos, donde se repite la palabra Córdoba, cayendo el acento en esdrújula y dando lugar a proparoxítonos. No obstante, debemos tener en cuenta que se resta una sílaba en esos casos.

A pesar de la desesperanza del poema, éste presenta equilibrio con el acento rítmico, como si el yo lírico supiera que no le queda más remedio que aceptar esa muerte.

Si pasamos al RITMO DEL TIMBRE, nos hallamos con empleo de RIMA ASONANTE (o –a) en los pares, menos en los pareados.

Por todo, se advierte que la composición recuerda al ritmo de marcha fúnebre, en concreto el ostinato. Así, observamos que fondo y forma se unen para la expresión del tema de la muerte.

En cuanto a las figuras retóricas que destacan en este poema, ha de referirse a la repetición de Córdoba de forma insistente. También destaca la aliteración de o, que se une a la sensación de oscuridad y cierre que transmite el poema, relacionándose con la posterior referencia a la luna llena. No ha de olvidarse de la onomatopeya Ay.


En el nivel morfosintáctico llama la atención el empleo de estructuras simples. Encontramos enunciados sin verbo, que escasean (cuatro verbos) ya en el principio. Son contados y pausados, relacionados con el ritmo lento tanto de la jaca como de la marcha fúnebre. De modo que destacan las elipsis de verbos.

Otra figura morfosintáctica de omisión es asíndeton; es decir, la falta de conjunción en los primeros versos de la estrofa tercera.

Aquí debe volver a recordarse la repetición de Córdoba de forma insistente, como si quisiera hacernos ver que en el mundo misterioso de lo musulmán pueden darse muertes también misteriosas y asuntos que consideramos cuentos.

Ya se ha advertido más arriba que aparecen pocos verbos; en cambio, son numerosos los sustantivos y adjetivos, lo que produce la sensación de estatismo.

En cuanto al nivel léxico – semántico, son relevantes todos los grupos que indican premonición de muerte (isotopía) de forma connotativa: el color negro d ela jaca, aceitunas (ya sean negras o verdes-recuérdese que este color simboliza la muerte para algunos autores por influencia de uno de los caballos del Apocalipsis), la noche, la luna llena de los hombres lobo y los muertos vivientes, la luna roja que indica que va a haber un asesinato según las creencias populares.

Junto a los campos semánticos e isotopías, nos encontramos con algunas figuras retóricas: la personificación de la muerte, que mira y espera, junto a la de Córdoba.

A esto se suman las exclamaciones retóricas angustiosas.

Todo lo comentado hasta aquí –la libertad de la estructura poética y el tratamiento particular del tema de la muerte- nos lleva al siglo XX, concretamente a Lorca, quien recupera las creencias que han quedado en Andalucía para llevar a cabo un neopopularismo en sus poemas. Así que este texto, la Canción del Jinete, pertenece a Canciones (1927).

Ya se ha visto que el conocimiento musical de Lorca se vincula con el poema, pues emplea la marcha fúnebre para sus versos, que tratan el tema de la muerte en relación a presagios, lo que también lo vincula a los romances de emplazados.


De cualquier modo, este poema ha sido considerado sueño o, tal vez, canción que cantan los jinetes para entretener su camino.

Podéis verlo en esquema aquí.


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POESÍA SOLIDARIA

Os recuerdo que Escritores de Rivas, tan activos como siempre, ha organizado un evento benéfico muy interesante. Cito textualmente:


En el Centro Penitenciario de Alcalá Meco, conocida como Madrid II, todos los jueves la poeta Elena Peralta, miembro de Escritores de Rivas, imparte un taller de poesía en los módulos 2, y 9. Allí no existen más libros de poesía que los que ella ha ido llevado, a lo largo de estos dos años, dentro de lo que su economía le permite. Este es un llamamiento para que gentes y poetas de toda España que deseen colaborar de forma solidaria puedan donar poemarios, para que estos sean entregados en un acto de cierre de curso y lectura colectiva de los internos el 21 de junio de 2013. 
Valen libros de poemas (es lo que la biblioteca necesita) de cualquier autor y época. Animaos y poneros en contacto con nosotros (escritoresderivas@gmail.com) para daros una dirección de envío si queréis colaborar. ¡Que la poesía sea libertad para los que no pueden tenerla!


Si queréis participar en esta bella actividad, os recuerdo que hay que ponerse en contacto con esta asociación mediante un correo dirigido a 


Escritores de Rivas desean conseguir libros de poemas
para la biblioteca del Centro Penitenciario Alcalá Meco.

Más información AQUÍ.

Ya algunas editoriales, como Vitruvio y Ediciones de la Torre, han hecho su aportación.

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martes, 4 de junio de 2013

CITA DEL DÍA: ABRAHAM LINCOLN

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LA BARBA DE LINCOLN


Al principio Abraham Lincoln no llevaba barba. Se dice que comenzó a dejársela cuando una niña le advirtió que  así tendría una apariencia más distinguida. No se sabe si esto es o no  cierto verdaderamente o resulta otra de tantas leyendas que circulan en torno a este personaje, pero espero que os guste esta curiosidad.

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lunes, 3 de junio de 2013

CITA DEL DÍA: MAX AUB

S
iempre se puede hacer algo, sea donde sea.




Leva (personaje de San Juan de Max Aub).

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110 AÑOS DEL NACIMIENTO DE MAX AUB.


Max Aub

Conocemos a Max Aub como uno de los muchos integrantes del grupo del 27, que nunca hay que limitar al número reducido de poetas al que se nos tienen acostumbrados algunos críticos.

Max Aub Mohrenwitz nace el 2 de junio de 1903 en París, en el seno de una familia de abogados, tradición que romperá el futuro autor. Su educación esmerada lo hace contactar con numerosos libros (de Baudelaire y Víctor Hugo, entre otros).

Su padre está de viaje en España cuando se inicia la I Guerra Mundial (1914). Sigue el consejo de sus amigos y no vuelve a Francia. Traerá a su familia a Valencia.

El joven Max Aub entra en contacto con otra realidad al llegar a España. Comienza a escribir poesía en castellano, lengua que había aprendido rápidamente (llega a confesar, más adelante, que no era capaz de escribir en otro idioma).

En plena adolescencia es testigo de la brutalidad con la que la guardia civil arremete contra ciudadanos en la plaza de Emilio Castelar (1917). Esta visión va a moldear la conciencia social que caracteriza toda su obra, pues va a emplearla en apoyo de los desfavorecidos.

A pesar de su viveza intelectual, no cursa una carrera. Viaja por Cataluña y llega a Madrid, empapándose del ambiente cultural. Se inicia la Dictadura de Primo de Rivera (1923).

Comienza a escribir teatro de estilo vanguardista. En 1929 ingresa en el PSOE. Inicia así una fase de compromiso humano y político en la que va entrar en contacto con Gerardo Diego, Antonio Machado, Jorge Guillén y Dámaso Alonso.

Hasta el 36, dirige el teatro universitario valenciano El Búho. Será subcomisario de la Exposición Universal de París, por lo que encarga a a Picasso el Guernica. Organiza también el II Congreso de Intelectuales Antifascistas  tanto en Valencia como en Madrid. Es Secretario general del Consejo Nacional de Teatro. En el 38, junto a André Malraux, dirige por encargo del gobierno republicano la película Sierra de Teruel. En enero del 39 marcha a Francia camino del destierro. Es denunciado por comunista. Pasa de cárcel a cárcel y campos de concentración. En 1940 viaja en el barco Sidi Aicha hacia el campo de concentración de Djelfa (Argelia). En dicho navío se basa para escribir San Juan.

Consigue llegar a México en octubre de 1942. Su trabajo allí va a estar vinculado al cine, aunque también colabora en prensa. Termina de escribir San Juan.

En 1956, 1958 , 1959, 1963 y 1964  viaja a Europa. Le niegan visado para entrar en España. Junto a otros autores del 27 (Alberti, Aleixandre, Alonso y Jorge Guillén) crea la revista Los Sesenta, donde sólo publican autores con esta edad.

En 1969 puede entrar en España, donde va a recuperar parte de su biblioteca. De este viaje surge La gallina ciega en el que hace un testimonio sobre la época.

Muere en 1972 en México por un infarto de miocardo, como símbolo de su dolor y preocupación por España.

En cuanto a sus obras, es un autor prolífero en todos los géneros, pero especialmente en el narrativo: Geografía (1929) y Fábula verde (1933) – para algunos prosa lírica-, Luis Álvarez Petreña (1934), El laberinto mágico – que incluye  las  siguientes  obras:   Campo  cerrado (1943), en torno a la preguerra en España y comienzos de la lucha en Barcelona, Campo de sangre (1945), sobre la batalla de Teruel, Campo abierto (1951), en plena guerra, Campo del Moro (1963), sobre el ejército republicano, y Campo de los almendros (1968). Destacan también: Las buenas intenciones (1954), sobre una familia  en la preguerra, Jusep Torres Campalans (1958), cuyo protagonista es un pintor ficticio, La ver­dadera historia de la muerte de Francisco Franco y otros cuentos (1960), La calle de Valverde (1961), centrado en el Madrid de la dictadura de Primo de Rivera, El zopilote y otros cuentos mexi­canos (1964), La gallina ciega (1971), dia­rio publicado tras su viaje a Espa­ña en 1969 y que describe la sociedad española, Versiones y sub­versiones y La uña y otras narraciones (1972). Escribió, además, teatro,  entre cuyas obras pueden mencionarse: Cri­men (1923), Espejo de avaricia (1934), San Juan (1943), Morir por cerrar los ojos (1944), Tránsito (1944), Los guerrilleros (1944), La cárcel (1945), Las vueltas (1947, 1960, 1964), Deseada (1950) y No (1952), El cerco (1968) –sobre el Che-, Retrato de un general, visto de medio cuerpo y vuelto hacia la izquierda (1968) – contra  la guerra de Vietnam-, y Enero en Cuba (1969).

En cuanto a la poesía escribió Yo vivo y Canciones de la esposa ausente (1953), Hablo como hombre (1967) y Antología traducida (1972). Esta última es una colección de poemas de autores imaginarios.

 A esto se suman sus ensayos como Discurso de la novela española con­temporánea, 1945 y La poesía española contemporánea, 1954.



Bibliografía básica: San Juan, Max Aub Ed. Anthropos, ed. Roberto Mesa.


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domingo, 2 de junio de 2013

PASEO POR LA FERIA DEL LIBRO.




Ayer acompañé a un amigo, Emilio González. Leyó algunos de sus versos en el Hotel AC de Avenida de América, un evento organizado por Palabra sobre Palabra (web de gran interés que no debéis dejar de leer).

El poeta Emilio González en el evento de Palabra sobre Palabra.


Tras la buena poesía tenía decidido visitar a una gran poeta y querida amiga en la Feria del Libro: Ariadna García, que firmaba en la caseta 294 (Hiperión) su poemario galardonado en el Premio Internacional Miguel Hernández. Sin embargo, el coche quedó atascado en un mar de automóviles. A un lado, el Parque de El Retiro; al otro, un cartel de completo; a lo lejos, la Puerta de Alcalá. Tras una gran espera para dar la vuelta, regreso a casa con desilusión.

Después, una horrible noche con dolores que cada vez son mayores. Consigo levantarme a duras penas esta mañana, sintiendo mi cuerpo como si hubiera sido atropellado repetidamente por un camión. Enciendo el ordenador pensando en que tengo que hacer las entradas del día. Toca mitología. Decido pasarme antes por facebook. Para mi sorpresa veo un mensaje de Ariadna (otro en el móvil): a las doce vuelve a firmar. Intento no pensar en todo en lo que todavía tengo que hacer y en un cuerpo cada vez más limitado. Me visto y comienzo el viaje en transporte público. Saco del bolso de Mary Popins que tengo un ejemplar de Juego de Tablas que me ha dedicado uno de los autores y que ayuda a que llegue a la capital en un visto y no visto. Tras regatear, como un Cristiano Ronaldo o un Mesi, a transeúntes que no saben por dónde se ha de caminar, llego al metro. Los recortes en todos lados ha producido que pasen cada más tiempo y que los vagones estén a rebosar. Sigo enfrascada en el libro. Casi me da pena llegar a Retiro. Salgo del vagón, en el que me he visto obligada a ir de pie. Me siento en un banco del andén, cogiendo fuerzas, procurando aguantar el dolor y excusándome en que espero que toda la marabunta de gente vaya saliendo. Pasan unos minutos. No sé cuántos, estaba leyendo (mi departamento debería ponerlo para los alumnos el año que viene). Miro las escaleras. Todavía hay un tapón en la salida, pero sé que como me quede sentada mi cuerpo va a sentir un bajón y va a sufrir más el esfuerzo. Me pongo en pie y camino junto al resto hacia la salida y luego al parque. Cruzamos la calle por debajo de los coches. Veo en los laterales mantas con bolsos, gafas y hombres que esperan que con sus blancas sonrisas destacando en su piel oscura compremos. El sol ciega mis ojos verdes -¿o la luz los habrá vuelto, otra vez, dorados?-. Me paro para cambiarme de gafas y convertirme en un personaje de Matrix.
Portada de la novela juvenil Juego de Tablas.


Otra vez a evitar a transeúntes que no saben caminar y que enseñan malos hábitos a sus hijos o nietos. Música clásica relaja mi alma en un paraje verde. Me doy cuenta que mis manos comienzan a moverse a su son. El recuerdo de conversaciones con Antonio Daganzo vienen a mi cabeza. Una banda de música toca en el quiosco. Alrededor gente en sillas junto a otros que disfrutan de la hierba.

Música en El Retiro.


Sigo mi camino como los otros peces. El banco llega a las casetas de la Feria. Angustia. La naturaleza se burla con la alergia que hace que me cueste respirar. La gente camina desordenadamente, empujándose unos a otros. Miro el número de una caseta. Uf. Todavía tengo que llegar a la 294. Salgo de allí y camino por fuera de la masa. No sé por qué número voy. Vuelvo a entrar. El destino quiere que justo alcance la caseta de Tres Rosas Amarillas. Me hago hueco entre la gente y llego al expositor. Una señora me empuja para colarse. A pesar de mis gafas oscuras, debe ver mi mirada reprobatoria. He visto el libro que me interesa en la distancia. Unos hombres muy amables me atienden. ¿Quiere una bolsa? Sí, por favor, acompañado de una amplia sonrisa. Salgo con mi bolsa de papel y vuelvo al caos de caminantes. Ya tengo en mi poder Deantología. La logia del microrrelato (los Cafés literarios sirven precisamente para conocer buenos escritores y sus textos me llamaron tanto la atención…).

Caseta de Tres Rosas Amarillas en la Feria del Libro de Madrid.
Portada de Antología La logia del Microrrelato. Ed. Talentura.

Decido ir directamente a la caseta 294. Soy capaz de gastarme mi corto sueldo en libros. Viene a mi memoria el montó a la espera de ser leídos.

Reivindicaciones en la Feria del Libro.


Un suplicio llegar hasta la caseta deseada. Veo a Ariadna firmando uno de sus ejemplares. Levanta la cabeza. Parece que me ha sentido. Me sonríe. Vuelve a bajar la cabeza para concentrarse en terminar la dedicatoria.

La poeta Ariadna García en la caseta 294  (Hiperión) de la Feria del Libro.


Ariadna García firmando un ejemplar de La Guerra de Invierno,
 Premio Internacional de Poesía 2013, en la caseta 294
de la Feria del Libro de Madrid.



Un poco de charla con amigas muy queridas. Tengo que marcharme. Ya tengo mi ejemplar firmado.
Salgo, otra vez, del camino de los transeúntes. Una luz se enciende en mi cabeza. He de coger otro poemario para otra persona a la que tengo mucho cariño y quien admira los versos de Ariadna. Soy un despiste.

Otra vez aplastada por la gente. Alcanzo la 294. Observo a una familia. El padre nos ha visto y ha parado. Ha cogido un ejemplar, ha leído el primer poema y ha abierto los ojos como platos. Sé que le ha gustado antes de que le pida a su mujer y a sus hijos que esperen. Va a comprar el libro y quiere que la autora se lo dedique. Miro con más detenimiento la caseta. No hay ningún cartel señalando que allí está la galardonada del Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández 2013.


Ariadna firma con cariño el nuevo ejemplar que le acerco. Me despido de nuevo con la promesa de vernos pronto. Me están esperando y ya vuelvo a llegar tarde. Pero tengo en mi poder La Guerra de Invierno.


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MITOLOGÍA INCA: EL LAGO TITICACA.



En una meseta cuatro mil metros de altura se levantaba una ciudad de gentes jactanciosas. Creyeron que el resto debía adorarlos como dioses.
Un día llegó a la población un grupo de paupérrimos indios. Profetizaron el final de la ciudad. Sin embargo, los habitantes se burlaron de los extranjeros y se vanagloriaron de su propia inteligencia. Al final, los expulsaron a latigazos. Pero los sacerdotes habían comenzado a preocuparse. Algunos salieron para llevar una vida de ermitaño. Mas se volvieron en la diana de más burlas.
Un buen día, un habitante vislumbró cómo se acercaba una nube roja. Poco a poco la fueron acompañando otras azabaches. La noche no llegó. La ciudad estaba bajo una luz escarlata que comenzó a aterrar a los ciudadanos. La tormenta comenzó. El suelo se resquebrajó bajo las gotas bermellones. Los edificios fueron arrasados por la inundación.
Desde ese momento el lago Titicaca cubrió la ciudad orgullosa. Sólo sobrevivieron los sacerdotes. Quedó en pie su templo, ahora conocido como la Isla del Sol.

Los indios observaron la tragedia desde lo alto, apenados por no haber podido convencer a los ahora fallecidos habitantes. Se dice que quedaron en los alrededores dando lugar a callawayas.

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sábado, 1 de junio de 2013

EN BLOGLOVIN

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CITA DEL DÍA: ALAIN

E
l lector que no admira un libro bueno es que lo ha leído mal, y se le pueden citar pasajes admirables que, indudablemente, desconoce.


Alain


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¿SOBREVALORADO "EL QUIJOTE"?

En una red social leí un comentario en el que, en resumen, se afirmaba que El Quijote es una obra mala y sobrevalorada. Ya sabéis que las tonterías me indignan, así que respondí lo siguiente.


Una obra muy buena pero que debe ser leída por aquellos que ya llevan cierta cultura a cuestas. Ya sé que antes lo leíamos en el colegio y nos enterábamos bastante bien; luego lo releíamos en bachillerato, y descubríamos más cosas. Así en cada relectura. Eso es un clásico. Aquellos que digan que está sobrevalorada deben hacer conciencia y autocrítica de su nivel cultural. Es una obra que critica la falta de valores de una sociedad como la del XVII (muy cercana a la actualidad). También se acusa que el único que tenga principios morales sea ninguneado. No os engañéis con la aparente comicidad de la obra. Es una novela triste y crítica, a la vez que es una propaganda de la escritura de Cervantes, que incluye todos los géneros narrativos de la época. Es una apología de la libertad: de la religiosa, de la humana, de la creadora. Y por supuesto, es el inicio de la creación novelística universal tal como la conocemos ahora. Se ve su influencia a lo largo del mundo y la historia: los frescos en salas de palacios portugueses, Madame Bovary, Galdós, Cela, Dickens y un largo etc. Es una novela humana, y por tanto apoya nuestro desarrollo personal.

¿Qué pensáis vosotros?


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TAL DÍA COMO HOY...MARILYN MONROE

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